Guerra 1939 41 05 10
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La hora de Arabia. La hora de una raza  La SI 10/05/41 p. 1-6

La hora de Arabia. La hora de una raza
La SI 10/05/41 p. 1-6

a) Soplan del Oriente los vientos, trayéndonos perfumes conocidos. Tuena el cañón por las anchas tierras mesopotámicas, que llenaron un día muchas páginas de heroicas historias. Aquí, donde ahora un puñado de iraqueses montan guardia alrededor de anchos lagunales de olor aceitoso, un día Noé armaba pacientemente su barca diluviana, untándola sabiamente con betunes petroleros. Más abajo, donde ahora mil ingleses están sitiados por el ejército de Irak, la legendaria Semiramis alzaba sus floridos jardines colgantes, y Baltasar era pasado a cuchillo en el postrer grosero festín babilónico. De esos montes abruptos en los cuales ahora resuenan los ecos de las trompas guerreras, bajaron las recias legiones de asirios que uncían a su caro imperial pueblos y naciones. Por esos desiertos interminables de arena en los cuales ahora los beduinos, afanosos de independencia, reducen a polvo la famosa cañería petrolera que desciende del Ararat al Mediterráneo, habían pasado, milenios atrás, los mansos rebaños de Abraham, que había salido de esa hoy renombrada Basora, -antes Ur- para levantar nuevas tiendas a la sombra de la pecadora Pentápolis. Y de ahí, de esas tierras memorables que se llamaron antes Nínive y Babilonia, arrancaron los ejércitos bravíos que asolaron a las razas vecinas, haciendo morder el polvo a los egipcios, reduciendo a los caldeos y arrancando de cuajo a la nación judía, que pasaba –los profetas al frente cantando sus penas y dejando atrás el honor y la libertad- a aumentar con sus lágrimas, las aguas del Eufrates.
De su grandeza pasada caía la Mesopotamia a la nada del olvido. Y ahora, como algo que vale la pena de ser visto, surge de ahí de nuevo David, el pigmeo, con las cinco piedras de su honda enfrentándose sin miedo ante el Goliat del gran Imperio. 
¿Representará ese alzamiento iraqués un episodio de breves días, o bien comienza en él un nuevo acto del gran drama mundial bajo cuyo arco, rezumante de sangre, va a entrar a una nueva Edad? Sea lo uno o lo otro, siempre constituirá –paréntesis o introito- uno de los iraqués un episodio de breves tiempos en que los pueblos chicos viven torpemente encogidos, sujetos al miedo y prontos a la sumisión.
Y, o la vista nos engaña o esas tierras están anhelosas de entrar otra vez en los anales de la historia, para no pasar sobre la tierra como los habitantes del limbo: sin nada que haya valido la pena de ser vivido.

b) Los hechos nos los han puesto a la vista, aunque un poco confusamente los cablegramas de estos días. Helos aquí en resumen y puestos en claro.
A principios de Abril tenía lugar en Irak un cambio de Gobierno. La regencia que ejercía Abdul Ilah, tío del pequeño rey, era botada por el ejército. Se constituiría rápidamente un Gobierno mixto de civiles y militares. Era reconocido por los directorios de todos los partidos y por el Parlamento. El Gobierno derrotado salía del país a bordo de un crucero británico, para pasar luego a la Transjordania, adicta a Gran Bretaña.
A mediados del mes desembarcaban en Basora –desembocadura del gran río formado por la conjunción del Tigris y el Éufrates, unos 8.000 soldados de color al servicio de Gran Bretaña, en dos días distintos.  El jefe de la expedición pedía permiso de paso, según confirmaban desde Londres. Le era concedido, haciendo resaltar el Gobierno de Bagdad que no lo habría concedido si se hubiese tratado de un permiso para ocupar el país o permanecer en él.
A los pocos días, desembarcaba otro volumen similar de soldados, enfilando como el anterior, país arriba, hacia el aeródromo británico de Habbaniya. No habían salido del Irak –se había dicho que iban para Palestina, vía terrestre- los contingentes anteriores. Sumaban ya más de 20.000 británicos estacionados en el país.
 El Gobierno del Irak se ponía en comunicación con los llegados, para saber por qué –tropas de paso- no salían después de un mes de haber llegado. La contestación fue anunciar una tercera remesa por llegar.
El Gobierno de Bagdad entregaba inmediatamente al ministro británico un Ultimátum, después del cual, de no haberse retirado las fuerzas extranjeras, se abriría el fuego contra ellas. Las fuerzas no eran retiradas. A los dos minutos de vencido el Ultimátum el fuego comenzaba.