Guerra 1939 41 05 17
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Alrededor de la Arabia. Arabia a la vista La SI 17/05/41 p. 1-6
Rodolfo Hess vuela La SI 17/05/41 p. 9 col. 1-2

Alrededor de la Arabia. Arabia a la vista
La SI 17/05/41 p. 1-6  ver antes La SI 10/05/41 p. 1-6 y enseguida. La SI 24/05/41 p. 1-9

            a) Eran los días aurorales en que los hombres estaban, como ahora nosotros, en un recodo de su camino. Salían de una manera de ser, para entrar en otra manera de ser. Daba sus últimos estertores la era de los cimentadores  -hombres de bronce y de médula, sin detalles ni florilegios- cuando había gigantes sobre la tierra, se vivía ultra un centenar de años, más acuerdo con la naturaleza, las tinieblas de la prehistoria se iban lentamente desvaneciendo sobre el Asia occidental y los caudillos predestinados se agarraban con los ángeles –“y desde ahora te llamarás Israel, fuerza de Dios”-  y se tuteaban con los dioses los héroes fundadores de pueblos.
            En las llanuras de Senaar (cuando una aldehuela que había de devenir famosa comenzaba a tener trigo y se titulaba Casa del Pan Bethleem, y la desolación había convertido las cinco ciudades del oasis pentapolitano en un lagunal de betún encendido y pastoso que se llamó Mar Muerto) un suceso tenía lugar que parecía un mero episodio de envidiosas esposas rivales y era un acontecimiento tan trascendental como silencioso. Era una mañana primaveral. La hora misteriosa en que el disco del sol asoma en las inmensas lejanías del desierto sin montes, dorando las arenas, poniendo relinchos en los camellos, y desperezando a las caravanas incipientes, que están marcando en las dunas las primeras pisadas iniciando caminos.
            En las tiendas blancas de Abraham hay hoy más movimiento que nunca y más que nunca silencio. Es una de aquellas horas en que, precisamente porque algo que vale la pena se va a realizar, las bocas están menos dispuestas al comentario, porque los cerebros están mandados a los pensamientos. Mientras los pastores y camelleros inician sus trabajos, espiando de reojo lo que va a pasar, salen de la tienda patronal cuatro personajes. El es un hombre fornido, de luenga barba y anchas espaldas, claros ojos rasgados y grandes brazos acostumbrados a la pelea. A su lado una seria matrona, abundosa en carnes y rasgos decididos y firmes, que disimula sus redondeles bajo ricos mantos de gran señora. Delante, una esclava sutil y airosa, que balancea como palmera sus formas breves, redonda su boca encendida como beso en acto perpetuo (ós-cul-o: chica boquita) alto y delgado su cuerpo, avanzados sus senos como capullos reventantes, sus formas esculturales precisadas y en ofertorio bajo un velo pobre y sutil de esclava, de sus orejas pendientes los aros de oro que han colgado en ellas calurosamente los favores del patrón. Sobre su anca izquierda, un odre lleno de agua fresca. De su mano derecha un ágil muchacho, como ella breve, los ojos abiertos para tratar de comprender el misterio de esa escena matinal.
            Y en el mismo instante en que el disco solar asoma como un dios sobre las tiendas en este momento trágicas, el hombre avanza unos pasos, besa en la frente al mocetón de líneas ágiles, abraza reciamente a la joven morena y sutil.
-Y Dios –dice- ande siempre a vuestra vera, Agar, la que fue mi bella estimada. Que el agua y el pan estén siempre a vuestro alcance. Que el sol os halle siempre bajo el aire triunfal de las palmeras y el misterio del cielo estrellado guarde vuestras noches serenas. Que el ángel con el cual boxee agite sus alas ante vuestros pasos, y el Dios que me sacó de Ur proteja vuestra peregrinación como protegió la mía.
            Y, encendiéndose su rostro con fuego interior, y extendiendo sus brazos vigorosos sobre madre e hijo:
            Tu pueblo, mi hijo Ismael, será grande. Como estrellas del cielo se extenderá tu estirpe. Y día vendrá en que tu nombre se extienda sobre toda la faz de la tierra, temblando los pueblos bajo los cascos de tus caballos. Xalóm…
            Y todo retornó a la paz. Las blancas tiendas no oyeron más las quejas de Sara, la celosa. Pasaron insensibles sobre la tragedia los rebaños de blancos vellones. El hombre de los misteriosos destinos se sentaba calladamente alrededor de unas tazas humeantes, servidas por lindas esclavas. Todo era paz y silencio. Pero sobre esa externa paz silenciosa, quedaban cimentadas dos cosas, que habían de hacer dar vueltas a la historia: la futura grandeza del pueblo árabe y un abismo de odios entre las dos estirpes hijas de Abraham: la de Isaac y la de Ismael.