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Embajadores de España Mundo Español 07/31 p. 3-4
Las elecciones españolas Mundo Español 07/31 p. 26-27


Embajadores de España
Mundo Español 07/31 p. 3-4


    El gobierno provisional de la República ha tenido un buen acuerdo: remover a todos los embajadores, que representaban a España en las avanzadas capitales con harto desmedro.
    Habíamos apuntado en diversas ocasiones la necesidad absoluta de cambiar radicalmente dos cosas: la organización legal de la representación de España en el extranjero; la necesaria selección de personas que encarnen esa representación.
    Es tan capital este problema, que continuamente, con majadería casi, hemos venido tocándolo en estas columnas, así como en las de la prensa nacional.  Y no hemos trepidado en las consecuencias: desde aquel secretario de legación que se volvía loco después de expuestas al público y al gobierno sus degeneraciones de noble esteta, hasta amigos molestados por una crítica que no puede tener otra enseña que el “amicus Plato” del crítico romano.
    El general Primo de Rivera, que tocaba todos los problemas vivos con encomiástica devoción –y los desacertaba casi todos- metió manos también en las carreras diplomática y consular. Realizó en ellas numerosas reformas, todas criticables. Dejó persistentes los vicios medulares, y aún estaríamos por decir que los agravaba. No tocó, por supuesto, la cuestión del personal, que era todavía más urgente que la legal de organización; un mal funcionario torna pésima la mejor ley; un buen funcionario sabe superar lo malo de una organización.
    El gobierno provisional republicano se ha hecho cargo de este urgente problema y ha comenzado por un cambio de Embajadores. Era necesario. Y este camino es el mejor para comenzar la ingrata tarea.
    ¿Quiénes ejercían nuestras Embajadas? En Londres, un septuagenario ignorante de todo problema moderno, que tenía el humor de tomar como acto de amor a España la institución de cátedras de castellano en una Escuela Comercial, destinada a formar jóvenes ingleses para acabar de desplazar a España de estos mercados americanos. En Roma, el marqués de Magaz, que secundó a Primo de Rivera en todos sus desaciertos y todavía era muy inferior a él. En Buenos Aires, un caballero que no supo realizar el menor esfuerzo para la no disminución del comercio español en Argentina. En París, ese infeliz de Quiñones de León, criado sumiso de M. Poincaré, que servía de intermedio para humillar constantemente a España y ha sido últimamente procesado por sustracción de documentos oficiales…
    Era necesario substituir esa calidad inferior por personalidades conocidas, que entren en las Embajadas, no para pasar sibaríticamente una vida viciosa, sino para meterse al trabajo intensamente.
    El Gobierno ha designado para las Embajadas a intelectuales, muchos de ellos obreros prominentes del periodismo. Aplaudimos sin regateos, no al escritor o periodista, sino a la personalidad conocida y dada al trabajo. Será este un buen ensayo sobre si el intelectual sirve para estas cosas. Si tuviésemos que considerar el caso de Claudel en Estados Unidos y de Maeztu en Buenos Aires, estaríamos inclinados a dudar de la habilidad diplomática del hombre puramente intelectual. Sin embargo, esos dos casos no nos autorizan a tales deducciones, y esperaremos todos que, al aplaudir ahora la designación de nombres conocidos, podamos mañana aplaudir igualmente los éxitos del intelectual dirigiendo actividades diplomáticas.
    Ha ido a Londres el eminente periodista y escritor Ramón Pérez de Ayala, colaborador de grandes diarios de Buenos Aires.
    A Berlín, el profesor de la Universidad de Madrid y famoso filólogo, don Américo Castro, que estuvo en Chile seis años atrás, en misión de conferencias.
    A Washington, Salvador de Madariaga, el notable pensador y conferencista.
    A roma, Gabriel Alomar, el exquisito profesor y filólogo, eminente pensador en lengua catalana.
    A México, el notable periodista Álvarez del Vayo, tan conocido en los diarios americanos por sus críticas cablegráficas de los sucesos de Europa.
    A Chile, para actuar entre nosotros, a uno de los más eminentes obreros de la cultura hispánica, Ricardo Baeza. Su obra literaria, toda ella empapada de arte, filosofía y sentido social, es enorme. Ha escrito sobre interesantes problemas; pero su labor magnífica doblada de un paciente y fino benectidismo moderno, ha sido la de presentar al mundo de habla española a