Guerra 1939 41 09 27
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Guerra 1939 41 09 27
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Los alemanes en Donetz, forja de la guerra.  La SI 27/09/41 p. 1-4
Conferencia de Moscú La SI 27/09/41 p. 4-5
Myron Taylor se va La SI 27/09/41 p. 5-6
Una hazaña en Gibraltar. Gibraltar es violado  La SI 27/09/41 p. 6

Los alemanes en Donetz, forja de la guerra.
La SI 27/09/41 p. 1-4

a) Es el éxodo. Allá van, camino del Oriente –contrariamente a todas las grandes corrientes históricas- millones de humanos, laxo el cuerpo, fatigada el alma, hambrientos los estómagos, las sandalias llenas del polvo de cien caminos, los ojos clavados en el cielo en señal de interrogación muda.
Es la grey rusa. Como en los días tétricos de la Ho0rda de Oro, pero en sentido contrario de aquella terrible emigración, todos los caminos de la Rusia enorme están llenos de hombres y de tragedias. Los largos e interminables caminos de la Rusia roja.
Los soldados vuelan hacia puntos de apoyo mejor. Se habían agarrado al suelo con ansia infinita, pero ha habido algo más fuerte que los ha botado hacia atrás, como ciclón contra el cual nada hay que hacer. Son soldados sucios, rajados los vestidos y rajada el alma: porque habían creído en quien sabe qué ideal superior a todo, y ahora, ellos y su ideal, van siendo barridos llanuras a través.
Las mujeres, los pies sangrantes y lacios los pechos –en vano chupados por los que apenas han abierto los ojos- marchan resignadas unas, apretando otras los puños. Porque hay hacia donde dirigir el puño apretado: que no todo es azar y “esto había de ser así” en esta guerra rusa.
Los niños abren desmesuradamente sus ojos ante tantas cosas que no comprenden. Se sobreponen al ambiente, jugando y correteando entre calaveras sobre trincheras.  Ensangrentadas. Y, a cada nuevo misterio que en vano tratan de comprender, preguntan ávidos a los abuelos que marchan a su vera, corvos sobre su báculo:
- ¿Qué son, abuelo, todas estas cosas tan raras?
-  sé, mi pequeño. Tengo 70 años y no había visto nunca cosas tales. O los hombres han perdido la cabeza, o todas las furias del infierno se han desatado sobre nosotros. Suaves y queridas llanuras nuestras, pródigas en sinsabores y también en blancos trigos; ríos paternales, de cuyas ubres de arena manaban para nosotros vida, cosechas y agua clara; bella canción hecha con cantos de gallo, mugidos de vaca y relinchos de caballos; todo se nos va, batidos despiadadamente por el huracán 
 Y –hala, hala, hala- la muchedumbre enorme va caminando hacia oriente, hacia donde nace el sol como si fuesen pronto a cogerlo con la mano sorprendiéndolo en su mismo blanco amanecer. Más, cada mañana está el crepúsculo igualmente lejano, al igual que ese reposo que anhelan esas multitudes, nunca logrado.
 Es la Rusia que se desplaza: que, al menos, intenta desplazarse. Un día, sus abuelos hicieron  las duras jornadas desde las estepas siberianas a las floridas márgenes de los grandes ríos de la gran llanura baja. Hoy, siglos después, deshacen sus nietos el camino, para retornar a las esterilidades de un Asia inhóspita e implacable. Sus abuelos iban tras la Tierra de Promisión, y la hallaban en las márgenes del Volga, el Don y el Dnieper. Y esto ponía lenitivo a sus fatigas y halos de esperanzas nimbaban sus dolores. Hoy esas millonadas de desdichados marchan hacia el Infierno siberiano, la seguridad de un peor acabando de amargar sus jornadas peregrinas.
 Es la Rusia que se desplaza, en vano sus dirigentes dando cabezazos contra la pared de la marcha natural de las cosas. Son las multitudes famélicas que se van al destierro. Delante de ellas marchaban otrora el patriarca de las lenguas barbas floridas. Marcha hoy el Comisario. Aquel tenía entrañas porque había forjado un hogar y con él caminaba. Este grita despiadadamente, la razón política primando como un azote sobre esos enormes rebaños humanos. Silba el látigo sobre las espaldas desnudas y las almas heridas. Son 500.000 alemanes del Volga. Son 600.000 estonianos. Son millón y medio de rusos blancos. Son cuatro millones de ucranianos. Son seis millones de rusos…Hala, hala, hala.
 Esto parece cosa de viejos siglos bárbaros, cuando el mundo se estaba poblando aguzado el instinto por el hambre y las emigraciones duraban cientos de años. Y, no. esto ha tenido lugar a nuestra vista en estos mismos años. Solo que la vista del civilizado no ve ni siquiera lo que tiene delante de los ojos.