Inglaterra 41 11 y 12
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Inglaterra 41 11 y 12
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Gran Bretaña ¿sin hombres? Crisis en Gran Bretaña La SI 08/11/41 p. 6-9
Bibliografía Goodhart, A. L., ¿Qué actos de guerra son justificables?  Oxford La SI 08/11/41 p. 13
Autopsiando cuatro discursos (Roosevelt 15/11/41 p. 5-7), Hitler (22/11/41 p. 7), Churchill (en boca del rey Jorge) 29/11/41 p. 7, Stalin 06/12/41 p. 11) Habla Churchill  en boca del rey Jorge (texto en Documentación La SI 29/11/41 p. 9; La SI 06/12/41 p. 15) La SI 29/11/41 p. 7 
Bibliografía National Book Council: British Book News. Londres  La SI 06/12/41 p. 14
Bibliografía Nacional Book Council: British Book News. Londres La SI 20/12/41 p. 10
Bibliografía Oficina de Propaganda británica. Hazañas de guerra. Londres.  La SI 27/12/41p. 15

Gran Bretaña ¿sin hombres? Crisis en Gran Bretaña
La SI 08/11/41 p. 6-9

 a) ¿Qué está sucediendo en el frente interior británico? Algo misterioso, dice el “Manchester Guardian”, diario afecto a Lloyd George. Sin embargo, es algo muy claro para quien sepa andar por los subterráneos donde alientan las raíces de los acontecimientos. La reforma del Gobierno (por sexta o séptima vez desde la guerra), la dimisión en puerta y la enfermedad de lord Beaverbrook, eje de la actual combinación gubernamental; tantos otros sucesos como están trayendo los diarios en estos días (expresión mínima de la realidad, ocultada al mundo por los siervos de las agencias periodísticas al servicio del Amo) no son más que los furúnculos delatores que explotan al exterior del organismos, mostradores de lo que está silenciosamente pasando en el organismo político de Gran Bretaña y del Imperio.
 Tenemos en cartera un pequeño estudio sobre “el caso de Gran Bretaña” cuyo título propio sería “Una doble inmoral Extorsión contra el pueblo inglés”, con inicial mayúscula en el vocablo Extorsión. Dejamos para ese estudio la exposición del desarrollo completo de la dolencia. Nos limitaremos ahora a mostrar la mala sangre que ya estaría afectando al organismo de un pueblo tan robusto y digno de mejor suerte como Gran Bretaña.
 Porque es ésta la base diferencial sobre la cual hay que apoyar todo el problema. Una distinción absoluta, radical, decidida, entre el Pueblo británico y los malos pastores que, desde los rincones de una economía sin entrañas y desde los balcones de la política, están desgobernando a ese pueblo.
 Con la frase “la democrática Gran Bretaña” han querido echar los políticos de aquel país  una nube de humo  sobre una de las supercherías más graves de los últimos siglos: el creer que los políticos británicos responden a la realidad popular británica. Gran Bretaña es el país de las contradicciones. Cuando era –hace de ello veinte años no más- el país del oro, porque tenía en su mano todas las riquezas y Londres era el epicentro económico de la humanidad, Gran Bretaña era el país del pauperismo, donde el 95% de sus habitantes  vivía en una extremada pobreza y en medio de las privaciones más horrendas. Y ahora, cuando todo se viene abajo con el manchesterismo que enredó a medio mundo, en plena tragedia, una minoría de caballeros despotizan  sobre el infeliz país, anteponiendo a todos los países privativos de esa minoría, además de inmoral, incapaz. Es el país de la antidemocracia más radical, pintarrajada externamente con la más resplandeciente brillantina democrática.  
 A la sombra de esa dualidad –democracia periférica; radical despotismo de un minoría sobre la multitud.- hay que encarar siempre los problemas británicos. O, para decirlo con otras palabras,  a base de estar seguros de que, por un lado, hay un pueblo dotado de grandes virtudes en medio de inevitables defectos, y por otro lado, una partida de especuladores en provecho egoísta del grupo minoritario.
 (Quién quisiera estudiar cómo ha sido posible que esa minoría haya conquistado para sí a los dirigentes del pueblo, generalmente laborista, se hallaría en terreno abonado para profundos estudios que podrían reducirse a esto: de cómo los dirigentes del pueblo se venden al pueblo por 30 dineros).
 
 b) El mundo que no está al cabo de ese dualismo británico, era sorprendido estos días por una noticia sensacional: Mr. Beaverbrook, alma del actual gobierno y ministro de Municiones, está atacado de asma y está pensando retirarse del gobierno. Ello traería una crisis.
 Esta última palabra nos es usual y corriente cuando se habla de Gran Bretaña. ¿Cuántas crisis ha tenido durante los escasos meses de guerra? Hemos perdido el número. Y tampoco vale la pena de hacer esfuerzos para recordarlo. Porque no se trata de crisis honda nacional (ésta es de tiempo), sino de crisis entre los egoísmos de la minoría que, sin mandato popular, se ha colocado a sí misma como gobernante sobre la nación.
 Si una de de las características más graves de la política mundial en derrumbe es que faltan hombres capaces integralmente, en ningún país, salvo la Francia de antes de guerra, esa falta de hombres capaces es más evidente y grave que en Gran Bretaña. En un país donde han llegado a personajes  una personalidad tan nula como Chambelain, una vaciedad tan pintoresca como lord Halifax,  un saco de odios crepitantes como Churchill, un engominado eternamente