Estados Unidos 41 11 15
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Autopsiando cuatro discursos La SI 15/11/41 p. 5
Habla Mr. Roosevelt La SI 15/11/41 p. 5-7

Autopsiando cuatro discursos (Roosevelt 15/11/41 p. 5-7), Hitler (22/11/41 p. 7), el rey Jorge 29/11/41 p. 7, Stalin 06/12/41 p. 11)
La SI 15/11/41 p. 5 

            En días de paz, cuando los regímenes del X1X, tenían todavía el gusano dentro de las entrañas, sin que la podre apareciese en la superficie, era posible enhebrar discursos estructurar castillos de bellas frases y perorar cálidamente en asambleas o parlamentos sin la menor rozadura de problemas prácticos. Eran los días dorados del individualismo y sus dos muletillas: el liberalismo y el parlamentarismo, cuando todo parecía marchar perfectamente y los grandes políticos pronunciaban a menudo                 -demasiado a menudo- la palabra “definitivamente”. Tendrían aquellos políticos y economistas muchos defectos; pero eso sí que no tenían el del pesimismo y menos el del apocamiento. Eran optimistas, fastuosos en frases opulentos en juicios autofavorables. Todo lo habían resuelto la Revolución Francesa y sus hijos políticos y económicos. Todo resultaba cosa perfecta, inmejorable, definitiva.
            Se pronunciaban entonces grandes discursos, pero en el terreno de las teorías y de las doctrinas. Y las multitudes respondían a esa ineficacia práctica, quedándose satisfechas después de haber saboreado la música retórica de una eminencia del decir y del pensar. Cuando Vázquez de Mella, católico, en uno de sus grandilocuentes discursos, abarrotados de doctrina, hablaba a las multitudes, todos aplaudían a rabiar, con entusiasmo más que extraordinario, aún los que pensaban absolutamente lo contrario de lo que decía el eminente orador. Y era cosa de ver cuando Jean Jaurés, socialista, desenvolvía todos los recursos de su grandilocuencia en las Arenas de Nimes, ante cien mil oyentes, y cómo los aplausos atronadores de la turba humana –la de los amigos y de los enemigos- ahogaban los acentos retóricos del gran tribuno.
            Pero pasaron aquellos tiempos de fervor retórico. Los sistemas han dado sus frutos, y ahí los tenemos, agusanado e incomibles. Las masas, vacías de estómago y hartas de aplaudir, se han convencido de que los vocablos –ni aún el vocablo “libertad”- no son guisables y digeribles. Y gentes que no son masa sino elite, han llegado al convencimiento de que los discursos no son para ser dichos, sino para un fin práctico, y que deben ser severamente autopsiados, dejándose de supersticiones retóricas, aunque se trate de palabras cascabeleantes  y de frases que parecen repicar de gloria dentro del corazón.
            Estamos en tiempos iconoclastas. Nos atrevemos con todo y con todos. Al contrario del siglo X1X, en que se sometía a examen a Dios y se exigía el Credo para los hombres (y muchas veces ¡qué hombres!), ahora hemos invertido los papeles, restituyendo a las cosas su sentido. Somos ahora más respetuosos con Dios, no permitiendo que nos metan los dedos en la boca los aprovechadores, envolviendo sus gajes y egoísmos, con críticas ateístas. E, inversamente, somos absolutamente irrespetuosos para con los hombres, analizando audazmente sus afirmaciones y llamando al pan, pan y al vino, vino, es decir, llamando vacío y gañán intelectual y mentiroso a aquel que quiera embaucarnos y despistarnos con la nube de humo de un solemne discurso.
            Lancémonos, pues, a la tarea. Cojamos a losa discursos por la oreja y obliguémoslos a someterse a la prueba del análisis. Veamos qué consistencia tienen ciertos discursos, por muy ampulosos que ellos sean, y probemos de colocar encima de cada uno el adjetivo merecido, aunque parezca, a algunos, irreverente.
            Estamos en el ocaso de una época y la aurora de nuevos tiempos, y, por lo mismo, continuará, ni que sea agónicamente, la manía de los discursos sonoros, tanto más sonoros cuanto más vacíos. Todos tienen su derecho a la vida, y nadie suele agarrarse más a ese derecho que aquellos que tienen su vida en peligro. Es así como, durante esta guerra terrible que está agarrotando al mundo, ha habido también profusión de discursos, especialmente por parte de los gobernantes de aquellos pueblos que eran señalados como poco locuaces, lacónicos y fríos para el entusiasmo oratorio. Más ahora, época de confusiones, en que todo parece andar patas arriba, la diarreica vena de discursos se ha notado más que en otra parte en esos pueblos callados y fríos. Signo de más para que comprendamos la necesidad de un examen en un fenómeno tan raro y poco natural.
            En estos días se han pronunciado, uno tras otro, una cadena larga de discursos. Hemos escogido cuatro, no solo por venir de quienes vienen, sino también porque se trata de supremos gobernantes de los grandes países ahora en pugna. Mr. Roosevelt, quien detenta en estos