Rusia 41 12 06
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Autopsiando cuatro discursos Habla Stalin  La SI 06/12/41 p. 11

Autopsiando cuatro discursos (Roosevelt 15/11/41 p. 5-7), Hitler (22/11/41 p. 7), Churchill (en boca del rey Jorge) 29/11/41 p. 7, Stalin 06/12/41 p. 11)
Habla Stalin  (texto mismo en Documentación La SI 06/12/41 p. 15; La SI 13/12/41 p. 11)
La SI 06/12/41 p. 11

            En estos días, ha dado la vuelta por las columnas de numerosos diarios mundiales una especie de antebiografía del dictador ruso, que está al frente de la evolución de ese enorme país desde la muerte de Lenin y la terrible persecución que iniciaba –y cabalmente remataba- contra su contrincante Trotzky. En esa biografía el autor se refocila alineando en orden de batalla cuanta travesura –cuanto crimen también- ha encontrado en la mocedad y la juventud del ex seminarista georgiano, que ni ruso es, y que aprendía para su accidentada vida en un seminario ortodoxo –fofo y sin base- de los que eran puntal religioso de la explotación del pueblo por una nobleza corrompida.
            No creemos en este método como propaganda. Cierto que está bien esto si se hace historia o biografía. Pero, si con ello se intenta atacar y desacreditar, no se logra jamás por estos caminos lo que se buscaba. Si examináramos los orígenes de la gran Roma, los hallaríamos en una colonia penal de indeseables, exilados para la seguridad social sobre los infectos lagunales de las Siete Colinas. Si quisiéramos clavar una etiqueta sobre una persona por su puro pasado, no titubearíamos en condenar a Pablo y Esteban, cuyos antecedentes son bien claros –y bien abominables- para hacer odioso el nombre del gran Saulo y el del joven protomártir. Lo repetimos: quien hace historia está obligado a agotar la materia y la vida. Quien hace propaganda no anda bien poniendo el pasado como norma y brújula para juzgar el presente o el porvenir de un hombre.
            Nos vamos a limitar a juzgara Stalin por su actuación frente al Soviet, luego de haber eliminado –sin mucha delicadeza- al camarada Trotzky.
            Así situada la cosa, es innegable que Stalin se ha demostrado un cerebro y una voluntad, aunque dirigidos a una sola finalidad, esencialmente partidarista y unilateral. El ha sabido organizar la vida rusa, aún apelando a bases muchas veces capitalistas, a condición de obtener una producción calculada. El se ha mostrado una voluntad terriblemente implacable, tanto para la acción como para la eliminación  de cuantos obstáculos, aún siendo hombres vivos, se han opuesto a su política. Cerebro y Voluntad puestos al servicio de un dinamismo inagotable.
            Desgraciadamente para Rusia –y también para el mundo- cada día se va viendo más clara otra cualidad de Stalin que, si es loable para los que vegetan en el cantón asfixiante de un exclusivismo político, había de ser perjudicial para la obra práctica y la civilización. Todo su cerebro, su voluntad y su dinamismo iban dirigidos, no al bien de Rusia, sino a la obtención de la implantación de un régimen mundial comunista que, para él, se identificaba con el bien de Rusia.
            Ahora se ha visto claramente que todo iba sacrificado a ese su ideal. No se trata ya de las noticias, que sobre la Rusia mejor cuidada –la que ha pasado ahora a manos alemanas- nos dan los alemanes mismos. Podrían ser estas noticias exageradas o torcidas. Se trata de noticias suficientes que nos dan los británicos y norteamericanos que acaban de estar allá, sirviendo al mundo relaciones que, a pesar de querer ser optimistas –se trata de un aliado- dicen suficientemente que todo ha sido sacrificado durante largos años -¡veinte cuatros años!- a la formación de un ejército fuerte, duro e invencible, para imponer al mundo todos los ideales estalinianos.
            No condenaremos esto en el sentido político: es cualidad inevitable de todo exaltado en la zona de cualquier doctrina aspirar –y es lógico- a la implantación universal de ella. ¿No se da el caso pintoresco de que los democráticos, que nos hablan del derecho de cada cual a su propio pensamiento, hagan mil barrabasadas para imponer a los demás lo que ellos piensan?
            Pero, objetivamente estudiado el caso, hay que ser duro con Stalin. El podía ser –y hacía bien- mundial, pero ello no quitaba que había de ser, preferentemente, ruso. El que una mano tienda a ser perfectamente mano, sin mezcolanzas, no quiere decir que esa mano no esté echa para el servicio propio y del organismo total corpóreo. Y aquí ha estado la falla de Stalin, que acarreará, al fin –porque las fallas son fecundas en consecuencias- la ruina de su sistema, aún en Rusia: en mantener a Rusia en la más completa miseria; en gastar todo para un ejército dejando