Africa 41
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El África otra vez La SI 29/11/41 p. 1-6 (ver texto completo en Guerra 1939 29/11/41)
Imperiales sitian Benghazi. La guerra en el África La SI 27/12/41 p. 6-8


El África otra vez
La SI 29/11/41 p. 1-6


1 La virgen africana
   
    A la luz de la tarde que declina –porque está el mundo en un atardecer de viejos sistemas-  esa África misteriosa aparece al europeo como un suave ensueño de cosas necesarias para una sana fruición de la vida. Las naciones, también las razas y los continentes, tienen, a la par de los individuos, ensueños. En ellos van mezclados lo material y lo espiritual, el ansia que mira hacia abajo y el anhelo que mira hacia arriba, como si fuese esa África –todavía intacta a pesar de los manoseos de los últimos sesenta años- la virgen que ha de completar el destino dual –todos los destinos son duales- del continente europeo.
    El continente africano, bajo el punto de vista integral de la vida, es el complemento de Europa. Roma lo había comprendido, y había hecho avanzar hasta muy adentro de los hoy inmensos arenales norte-africanos los Adelantados de la Ciudad madre. Y allí se alzan todavía, en ruinas memorables, los grandes edificios en muestra de un arte que, en contraste con la burda económica actual, sabía legitimar los zarpazos de la materia con inyecciones de belleza y amor. En plena Edad Media, la España de la vanguardia colonizadora –esa Cataluña que dominaba el mar y echaba los cimientos del Derecho marítimo- no saltaba a Nápoles, Sicilia y Atenas  sino desde el trampolín africano. Y hacia allá dirigían sus miradas de altos estadistas la Reina Católica castellana y ese Cardenal Cisneros que, si con una mano enrielaba por la fuerza bruta a la desmoralizada nobleza castellana, con otra sabía dirigir sus raudos bajeles hacia la brumosa costa del misterioso continente. Allí Portugal ponía uno de los cimientos de sus destinos colonizadores, mediante las audaces hazañas de uno de sus reyes más dinámicos. Y allí, desde Napoleón 1 hasta Churchill, la decadente política de los últimos cien años ha dirigido constantemente sus más insistentes empresas.
    El África es sentida en Europa como una necesidad natural complementaria. Ella no aparecerá en los libros que sabiamente tratan de política. Ella, más allá de la zona cerebral y voluntaria, hurga en los adentros como necesidad vital. Todos los políticos españoles claman durante veinte años contra las aventuras de España en Marruecos. Todos se lanzan a esas aventuras, incluso los que, como Primo de Rivera, las habían condenado en los demás con verba encendida. África es, para los europeos, algo más que una cavilación imperialista, o un afán guerrero, o un capricho gubernamental. Es un imperativo que arranca de las raíces y que en vano pretenden ahogarlo el cerebro y el corazón a una. Cuando Napoleón 111 y su círculo se lanzaban, a mediados del X1X, sobre Argelia, sin plan ni orden, hasta las piedras se levantan en Francia contra la imperial aventura. Todos los que la habían condenado continúan en ella, y la acentúan, y alzan, contradiciéndose, el Imperio francés en el continente.
    África y Europa, como los factores en una ordenación matemática, no tienen existencia separadamente. Eliminado uno, quedan eliminados todos. Basta examinar en su médula esos dos continentes, tanto bajo el punto de vista material como en el de la intercomunicación de aires espirituales, para que se comprenda ese imperativo natural del matrimonio entre los dos, que ha sido ya consagrado por una palabra precisa: la Euráfrica. El vocablo Eurasia es geográfico y cutáneo meramente. Pero Euráfrica es conjunción medular, que señala uno de los problemas más hondos de nuestro tiempo.
    De ahí esa innata tendencia, en los últimos tiempos, de todos los pueblos de Europa hacia los misterios del África. Ella se presenta para el viejo europeo como una suave invitación al connubio: la fresca moza que avanza temblorosamente, entornados los ojos y los turgentes senos en ofrenda, toda vestida de sol, y de músicas extrañas, y de semillas reventantes. Y hacia ella van los vientos encendidos de esa Europa para soplar sobre sus senos los tizones de la germinación.
    He ahí un problema que debería ser ampliamente tratado. Contentémonos con esta presentación de él. Porque cada día tendremos de pronunciar más el nombre del África en el desarrollo de esa ecuación vital que es la actual guerra. Y hemos de estar convencidos de que, sin entender ese destino africano, no hay para la Europa salvación ni, en el trato del problema europeo, solución posible.