Alemania 41 01 25
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La humanidad ante los gigantes La SI 25/01/41 p. 13
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La humanidad ante los gigantes
La SI 25/01/41 p. 13

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            Causa un placer raro, de una especial categoría de agridulce, leer después de veintitrés siglos de haber sido escritas, las opiniones que tenían sobre Pericles la mayor parte de sus contemporáneos. Los pequeños políticos, que tanto abundaban en la Atenas de su tiempo, lo tachaban de tirano. Los filósofos ponderaban el régimen pericliano como el más imperfecto. Los oradores, hasta que el gobernante les tapaba la boca, vomitaban dicterios sobre el supremo administrador. Y los que en la lista de sus hechos no hallaban nada qué oponer, acudían a las teorizaciones, probando que la gobernación tal como la ejercía ese hombre extraordinario, había de ser fatalmente mala, aunque en la realidad fuere buena. No importa que los hechos dijeren a las claras que se trataba de una buena gobernación. Había de ser forzosamente mala.
            Y, sin embargo, fue Pericles uno de los gigantes mejor zapados que han aparecido sobre la tierra. El reconstruía en treinta años todo lo que sus antecesores habían arruinado. El cimentaba la paz. El ponía pan sobre la mesa del pueblo. El hacía florecer todas las bellas artes.  El desarrollaba toda suerte de riquezas. Y, él faltando, retornaba aquel pueblo a la decadencia, que había de aprovechar un tirano extranjero  para uncirlo bajo el yugo de una ocupación militar.
            Contraste extraño. Cuando aparecía ese extranjero a las puertas de Grecia, alzábase la voz tonante de un demófilo para incitar al pueblo a la resistencia.  Los discursos sobre la Corona, que el elocuentísimo Demóstenes pronunciaba contra Filipo y Alejandro, serán siempre ejemplares de elocuencia incomparable. Había que oponer a esos extranjeros monarcas una férrea muralla de cuerpos vivos. Así que Alejandro asomaba por el desfiladero de las Termópilas, Demóstenes bajaba de la tribuna pública, echaba a correr como liebre y no paraba hasta llegar al Asia Menor, cobarde y muerto de miedo ante los hoplitas macedonios.
            La vida de ese farsante es recordada en la historia como la de un elocuente charlatán que gasta en palabrería toda su médula y arranca cobarde ante el peligro patrio. La centuria anterior se llamará siempre el Siglo de Pericles.
            Saltando de la vieja Edad a los modernos tiempos ¿quién negará que Napoleón fue un gigante? El surge de la nada de una tenencia militar para ascender, por sus propios esfuerzos, hasta la cumbre. El se planta cuadrado sobre las ruinas de la Francia arruinada por la monarquía y los revolucionarios a la vez, y siembra en surcos que él mismo abre semillas de vida. El concibe un orden distinto del de los viejos reyes y también distinto del de los revolucionarios. Y de tal manera lo impone a sus franceses que las instituciones napoleónicas –que yo aborrezco cordialmente- modelan una nueva Francia, pasan a España e Italia, estructuran a otros países, pasan de ahí a América. Y aún ahora los Códigos de la mayor parte de los países de la tierra son copias más o menos borroneadas de las concepciones del pequeño corso, que caía sobre las postrimerías del siglo XV111 como un genio de la restauración. 
            Podemos abominar de la inescrupulosidad del Emperador, su insensibilidad ante la muerte de docenas de millares de sus mejores soldados, su mala fe en los tratos con los demás gobiernos, su vanidosidad casi mujeril, su afán de no ser más que él, llevando la dictadura a los más altos extremos. Todo eso es así. Pero aún así siendo, Napoleón será siempre, ante la historia, uno de los más dinámicos transformadores de la humanidad.
            Y tenía en su tiempo más enemigos que amigos. Los austriacos lo anatematizaban. Los alemanes lo odiaban. Los españoles lo llamaban el rey felón y el enviado del diablo. Los juristas de la tradición lo apellidaban mixtificador y revolucionario. Los revolucionarios lo signaban con el estigma de vendido a la plutocracia. La mitad de la Francia lo execraba. Y aún su misma vieja guardia se tomaba la libertad de hacerle mala cara: “rezongan, pero marchan”…
            Y ahora, Napoleón, que era la esencia misma de la dictadura y la intolerancia, es adorado por los franceses de todas las clases y pensares como el símbolo de la Francia inmortal, democrática y tolerante. Y el buen francés no se considera tal, hasta que ha cumplido con su deber de ir una vez en la vida siquiera la Meca francesa: a visitar la tumba roja de Napoleón, que se alza bajo la cúpula airosa de Los Inválidos, sobre un mar flotante de trescientas banderas empapadas de sangre en victorias resonantes.