Océano Pacífico 41
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Océano Pacífico 41
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Nueva jornada en el Pacífico La SI 01/03/41 p. 5
El Pacífico y la guerra La SI 09/08/41 p. 1-4
Japón y Estados Unidos conferencian. La paz o la guerra en el Pacífico La SI 22/11/41 p. 6
EE. UU. versus Japón. ¿Guerra en el Pacífico? La SI 06/12/41 p. 1-5

Nueva jornada en el Pacífico
La SI 01/03/41 p. 5

     En la región del mar amarillo se inicia seguramente –tales son los sucesos- una nueva Jornada. Desde hace tres meses están sucediendo cosas que delataban que un cambio se había iniciado, pero no pasando francamente a la superficie. Puede ahora afirmarse que los sucesos mismos van avanzando de tal modo en su marcha, que el nuevo período puede darse por claramente iniciado.  Y será –si Dios no lo remedia- gesta de sangre, la que podrá ser pacífica solución  de cosas evidentemente justas.
      Cuatro acontecimientos de primer orden han determinado esa nueva Jornada después de varios meses de escaramuzas constantes.
Ante todo, la declaración decisiva del Japón según la cual, para entenderse con las Indias Holandesas, no tendría para nada en cuenta  al Gobierno “in partibus” de Holanda. Esto, si se quiere, irregular dentro de las costumbres diplomáticas. Ello es reciamente normal, dentro de los fueros de la equidad y la democracia. Las Indias son consideradas por el Japón como mayores de edad, y el querer tratar con ellas directamente indica que el Japón rechaza el postulado hasta aquí normal de que esos pueblos amarillos necesitaban la tuición de la raza blanca para prosperar y civilizarse.
Seguía a estos hechos, aunque había sido propiciada mucho antes, la conferencia entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. Ello era muy grave. Significaba que Norte América rechazaba la Doctrina de Monroe para el Asia, barrenándola, por lo mismo, para la misma América; que Gran Bretaña no tenía fuerzas con qué combatir en ese Lejano Oriente; y, tal vez, que estaría dispuesta, forzada por la necesidad, a entregar a Norte América, en compensación, bases aéreas y navales en esas latitudes amarillas.    
Tenía lugar, luego, el desembarco de tropas australianas en Málaca, posesión británica. Y era este hecho aún más trascendental. Porque el Japón tal vez habría hecho excepción al hablar del “mundo amarillo” y de los “mares del sud”, del continente australiano.  Más, ahora, en causa común Australia con los ingleses, esa isla queda incluida en el problema, obligando al Japón a pelear por todos los medios con todos los que se le oponen, con las armas en la mano.
Ya aquí, hay que dar toda su importancia a este punto de la participación de Australia.  La labor de los australianos, hasta este instante, había sido extremadamente cómoda. Vendiendo caro a los ingleses, los ricos australianos iban haciendo su agosto, a cambio de que los hijos del pueblo murieran en las lejanías africanas. Ellos quedaban tranquilos y libres en sus apartadas ciudades, sin que nadie se metiera con sus cosas. Ellos atacaban sin piedad a Alemania y a sus aliados, manteniéndose seguros lejos de la contienda los australianos autores de la participación de la isla en la guerra.
Ahora cambian las cosas hacia una más justa manera. Quien quiere la guerra debe estar expuesto a todas las consecuencias. Y no parece sino que se ha concluido la ventaja, ideada por Gran Bretaña, de que otros hagan “su” guerra para exclusivo provecho inglés. Con su envío de soldados al Asia, con sus conferencias al lado de Washington y Londres, se ha colocado Australia entre los beligerantes que pueden ser dañados. Y tendrá, en adelante, de preocuparse más de sí misma que de los queridos primos de ultramar; sin perjuicio de venderles los productos a precios dobles. Porque el Japón está ahí.
El cuarto hecho acaecido en estos días en ese mundo amarillo lo representan las declaraciones del canciller japonés, que merecen ser registradas por serias y decididas. Preguntado qué pensaba de las declaraciones que constantemente están haciendo sobre el Asia, tanto Londres como Washington, ha contestado así:
“Nos reservamos la tierra y el mar amarillos para la raza amarilla. Queremos y exigimos las riquezas naturales del Asia amarilla, porque las necesitamos urgentemente. Nos reservamos para los nuestros los mares del sud”.
Palabras tan graves como justas. Cuando Pío X11 días atrás, y un senador norteamericano ayer mismo, hablaban de la necesidad de una justa repartición de las riqueza naturales, no hacían más que señalar la base más fundamental de la economía de la nueva Edad que se avecina. En ella no será lícito que los pueblos que, como Gran Bretaña y Estados Unidos rezuman toda clase de productos, vayan a cercenar los que otras razas tienen en su hinterland.