Guerra 1939 41 04 12
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Arden los Balcanes La SI 12/04/41 p. 1-4, 9-11
Última hora de la Guerra La SI 12/04/41 p. 11

Arden los Balcanes
La SI 12/04/41 p. 1-4, 9-11

 El día 6, en la hora en que por las crestas orientales del Balcan asomaban las tenues luces del alba, Marte montaba otra vez a caballo y el estruendo del cañón estremecía nuevamente valles y corazones.
 Era inevitable. El hombre es un animal de látigo en ristre. Los viejos, aludiendo a la natural flojera del niño en cuanto a los duros aprendizajes mentales de la escuela, acostumbraban decir que “la letra con sangre entra”. El mundo es inmensa escuela, donde –para su bien o para su mal- todos aquellos avances que podríamos llamar colectivos de índole racística o social llevan una violenta y encarnada decoración de sangre.
 Cuando los griegos nos daban en sus ritos explicaciones sobre el connubio fecundo entre Marte y Venus, mostraban una de las leyes más a la vista de esa humanidad irracional e incorregible. Y ellos daban el ejemplo de esa irracionalidad e incorregibilidad. Ellos anduvieron la mitad de su vida peleando con los extraños, ya moviendo enredos como los que motivaban la guerra de Troya, ya auspiciando extensiones de poderío como en su guerra con la Italia del Sud. La otra media vida se la pasaron asesinándose mutuamente, los espartanos contra los atenienses, los atenienses contra los beocios, los beocios contra los tesalios, los tesalios contra los cretenses, los cretenses contra el primero que se pusiese a su vista. Y el mundo ha sido, desde entonces, una Grecia enorme en la cual una cosa se ha impuesto siempre, quien sabe si irremediablemente o con posibilidades de sentar cabeza: que el matrimonio Marte-Venus ha presidido las jornadas en que esa infeliz humanidad ha dado algún paso hacia delante como si toda fecundidad necesitase el bautismo primero de la sangre caliente.
 Ahora se vuelve por esos Balcanes a las andadas. Marte ha bajado del Olimpo –próximo a ser escalado y sorprendido- pegando fuego a esos pueblos. Por fortuna, Chipre está ahí cerca. Venus Citerea por ahí nacía, y entre las rosas de la isla fragante discurría, según nos explica la teogonía helénica. Y mucho será que la diosa de la fecundidad no se tome del brazo de su viejo esposo, derramando sobre esas tierras abundancia de bienes florecidos en el lagunal del dolor.

 a) Las causas de esta extensión de la guerra a los Balcanes fueron expuestas largamente en números anteriores.
 Un hecho consciente en la historia británica –y hay que recalcarlo, porque hay quien no lo ve todavía: tanta es la cortedad de vista- es que ese pueblo ha realizado mil guerras durante cuatrocientos años; ha sacado de ellas gigantescas ventajas, y siempre había logrado no hacerla él sino otros pueblos idiotamente caídos en la trampa.
 No vamos a criticar el hecho y menos a denigrar al pueblo que así ha procedido. Los fundadores del Imperio británico –hijos de aquella vorágine de sangre y odio que fueron cimientos del trono de esas dos furias que se llamaron Isabel y Enrique Vlll- siguieron con mano hábil desviar ese derramamiento de sangre y ese odio. Hartos de sangre y cosas raras en la isla famosa, pensaron que sería bueno que el bien de ella lo amasasen otros con sus dolores. Y tuvieron la rara habilidad –que merece la más entusiasta admiración- de encontrar constantemente en el extranjero desde mitades mismas del siglo XVl a pueblos (no: a gobernantes) suficientemente torpes para aceptar ese papel. Un imperialismo necesita guerras y sangre. Y ese imperialismo de los hombres isabelinos y victorianos tuvo mano hábil para lograr que esa sangre fuese para sí, pero no suya, al enredar a los demás pueblos en cien peleas cuyos resultados beneficiosos recogían tranquilamente los claros varones que vivían sobre el doble cimiento del trabajo de su pueblo y las riñas de los extranjeros.
 Esta guerra actual había sido especialmente dura para los británicos. No habían todavía recogido suficientes frutos para la continuación de aquella política. Esos terribles alemanes habían puesto punto final a numerosas bobaliconadas de gobiernos del norte y el oeste europeo. Y era necesario andar a caza por otros senderos, para ver si algún Gobierno picaba el anzuelo y se avenía a sacrificarse valientemente en el altar de esa especial democracia que patrocinan esos inteligentes políticos del sacrificio ajeno.  Y ahí están. Mr. Churchill ha estado de suerte. Hay Cireneos todavía en el mundo, con perdón de cuanta cosa sagrada pueda ofenderse de esa alusión irreverente. Así tenemos alineados a dos pueblos –Grecia, Yugoslavia- nativamente