Guerra 1939 41 04 19
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Murió Yugoslavia. Agonía de Yugoslavia  La SI 19/04/41 p. 1-5
Los alemanes ante Atenas. Los alemanes camino a Atenas. La SI 19/04/41 p. 5-8
La guerra en el África La SI 19/04/41 p. 8-9
Rusia pacta con Japón La SI 19/04/41 p. 9-10

 

Murió Yugoslavia. Agonía de Yugoslavia
La SI 19/04/41 p. 1-5

 Uno tras otro van desapareciendo del mundo de los vivos los engendros de Versalles. Esta palabra “engendro” pertenece a Lloyd George, que fue uno de los padres de la monstruosa criatura. Wilson empleó una palabra más dura, casi impropia del refinado y taciturno profesor de Princeton. Han muerto la Checoslovaquia absurda de 1919, la grosera creación del Estado dictatorial polaco, los Estados fantoches imperialistas de Danzig y Memel, ese cien pies antidemocrático que era el Estado rumano. Y es una lástima que una de las obras de Versalles que, reformada, habría podido perdurar, la hayan hundido en estos días la incomprensible ceguera de dictadores de Belgrado y la gruesa intervención de la diplomacia norteamericana, empujando a los yugoslavos hacia el abismo. Hay fauces insaciables y altares que necesitan víctimas constantes para hacer perdurar el culto.
 Yugoslavia está agonizando. Asistamos a los últimos estertores para, luego, velar piadosamente su cadáver.

 a) Hay en el mapa de las enfermedades una que se titula “delirium tremens”. Si alguno quisiera conocer sus características, no ha de hacer más que trasladarse a Belgrado en los alrededores del día 1º de este mes y colocar bajo su lupa examinadora a la camarilla que detentaba los negocios públicos. Todo era allí efervescencia y gritería. Pero a la manera de casa de locos. Porque se necesita ser rematadamente loco –y no ya un pequeño conspirador- para decir lo siguiente, que en aquellos días se oyó en boca de esos desgraciados dictadores: “No cejaremos jamás, hasta haber entrado victoriosos en Viena.  Nuestro camino es el de Berlín con las armas yugoslavas triunfantes. Hay que hacer morder el polvo al pintor Hitler. Nuestras fuerzas son invencibles, con la ayuda de las formidables posibilidades británicas”.
 Puede aceptarse todo en el mundo, aunque sea un infeliz el que se apodere del mando supremo. Podemos aceptar que algunos tontos crean en la ayuda norteamericana como algo fácil y desinteresado. Pero está fuera de toda usual cordura pensar que ejércitos desarrapados, inermes y primitivos puedan hablar, como no sea en un ataque de imbecilidad, de llegar a Viena. Hay que poner a cada cosa su propio nombre.
 Hay que ser en los procesos históricos netamente providencialista. Decía Agustín de Hipona que los gestos imbéciles de los hombres, al lado de la fuerza bruta que se impone a veces, son los brazos de Arriba que preparan el camino a los grandes cambios. Y no fue un obispo, sino un ateo, Voltaire, quien afirmaba que las cosas marchan por donde deben marchar a despecho de los hombres y gobernantes que tengan la loca pretensión de detener el mundo en marcha.
 Desde este punto de vista, ese ilógico y loco “delirium tremens” servio se torna lógica senda y natural camino para llegar a donde se debe llegar. La locura, especialmente la megalomanía ridícula de un Estado, sirve a la causa de lo que debe advenir. Y solo de esa manera puede encararse sonriendo esa locura de la dictadura yugoslava que, gritando sus próximos triunfos, abría camino para su eliminación y para una nueva posición en los Balcanes.
 Los pensamientos del Gobierno de Belgrado eran muy simplistas. Demasiadamente. Consistían en sumar sus soldados con los de Grecia y con los seis o siete millones que podría levantar Gran Bretaña. Mezclando estas cifras con las recias palabras –palabras- de Mr. Roosevelt y una enorme dosis de ingenuidad, le salían resultados –sobre el papel- tan entusiasmadores, que como por sí solas salían de los labios de aquellos gobernantes aquellas frases sencillamente idiotas.
 Pronto habían de despertar de ese sonambulismo delirante.

 b) Un comentario oficioso nos cuenta que fue enorme la sorpresa del estado Mayor cuando constataron que las embestidas capitales del ejército alemán se iniciaban en Yugoslavia del sur y en Grecia.  “Se estaba seguro de que los alemanes iniciarían por el norte de Yugoslavia, presionando a los servios hacia el sur, hasta que hicieran contacto con los refuerzos británicos que entrarían desde Grecia en Yugoslavia, pudiendo organizarse una línea aliada de resistencia y de futura batalla a las alturas de Nish”.