Guerra 1939 41 04 26
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Guerra 1939 41 04 26
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Batalla de Grecia La SI 26/04/41 p. 1-7
Gran Bretaña ocupa el Irak La SI 26/04/41 p. 7-8
Estados Unidos ocupa Groenlandia La SI 26/04/41 p. 8
Los aliados apetecen democráticamente Las Azores  La SI 26/04/41 p. 8-9

 

Batalla de Grecia
La SI 26/04/41 p. 1-7

 No se dirá que es cosa de generaciones gigantes ese poder ver cómo se derrumban pueblos, se pulverizan monarquías y, en todos los ámbitos de la tierra contemplar los estruendos de la caída de gobiernos y de imperios. “Y al mover Zeus, en las alturas brumosas del Olimpo, sus cejas, los mismos cimientos del mundo tiemblan fragorosamente”.
 Homero raciocinaba cuerdamente. Porque ese pequeño y débil animalito que es el hombre, tiene sus horas idiotas, pretendiendo meterlo todo patas arriba y hacer doquiera su santísima y torpísima voluntad. Así, en los días turbios del Bajo Imperio, éste se hundía en el fango de todas las cosas abominables, levantando la cabeza con pueril osadía, como si algo notable realizase. En tanto, Zeus movía las cejas, y oleadas de pueblos jóvenes irrumpían sobre las basuras humanas, pegaban fuego a toda la Europa endiosada y, luego, florecían las modernas naciones con la gracia y la doncellez de las cosas estructurales. Así, enfangada la sociedad de los últimos siglos en el lodo moral y material de un materialismo universal, sin librarse de él los mismos que lo contradecían y en apariencia lo vituperaban. Zeus ha movido ahora nuevamente las cejas, y vemos cosas tan estupendas como caer a pedazos pueblos milenarios como Francia; venirse al suelo en horas esa Polonia que se creía un gran Estado; perder en horas los que se creían dispuestos a substituir a Zeus en el Olimpo, y poder decir, con frase que la impermeabilidad mental de nuestros días no sabe masticar con todo su sabor de cosa de gigantes: “Yugoslavia ha caído en 9 días. Grecia ha caído en horas no más”…  

 a) Cerrábamos la anterior crítica con la marcha triunfal de los ejércitos del Eje sobre los cuatro puntos cardinales del suelo yugoslavo. Nuestro mapa de la portada nos daba los avances y aquello que estaba todavía resistiendo. Pero ya teníamos buena cuenta en advertir  que, al recibir el lector aquél número,  las cosas estarían mucho más avanzadas
 Ciertamente que así fue, y más de prisa de lo que podían calcular los eslavos más pesimistas. Todo se caía a trozos ruidosamente. Ese infeliz de dictador, que sabía una noche, con la fuerza en la mano, aprisionar a un Gobierno y disolver un Parlamento, -en nombre, se comprende, de la democracia- no tenía el menor aliento para tomar la menor medida.  Ya notábamos en su hora que se hacían ilusiones tontas los que creyesen que eso del ejército yugoslavo era algo que pudiese ser llamado ejército moderno.  Pero no podía sospecharse que la incapacidad de Simovitch fuese tan totalitariamente perfecta. Ese hombre vivía en las cavernas de 1914, en las cuales no había penetrado todavía la guerra alemana en Polonia y demás países, en un lapso tan largo –tan corto- de año y medio. No sabía nada de nada. No supo realizar más que lo que está al alcance de un carretero: lanzar sin ton ni son los regimientos por los cuatro puntos cardinales del país. Y, una vez mandados al matadero, escapar él tranquilamente en avión, sin haberse visto su mano gruesa en parte alguna, como no fuese en esa organización de la desorganización. Y, mientras sus soldados, dignos de mejor suerte, peleaban como tigres sin la menor estructuración militar, el que los había echado a la hoguera discurseaba sonoramente desde la radio de Atenas, a 40 kilómetros de sus soldados agonizantes.
 Las últimas operaciones en Yugoslavia pueden sintetizarse así: mientras el ejército alemán que había irrumpido sobre Uskub y Monastir, se daba la mano con fuerzas italianas venidas del poniente, cerrando la puerta de comunicación entre yugos y griegos, el ejército que había entrado en Belgrado se daba media vuelta y retornaba hacia el sud, aunque tirando constantemente hacia el oeste. En una rápida maniobra de doble punta de lanza, rodeaba Sarajevo, donde se habían reunido sin plan alguno los ejércitos yugoslavos más fuertes. Y allí los copaba, sin alternativa que escoger: o darse prisioneros o morir acorralados. Después de dos días de esta capitulación, los restos de los demás ejércitos capitulaban totalmente, rindiendo sus armas a los alemanes. Quedaba con ello terminada  -a los 9 días- la guerra de Yugoslavia  Rondarán por las montañas, todavía, partidas más o menos patrióticas. Una tras otra irán cayendo sin otra oposición que la falta de toda clase de elementos.
 Los ejércitos italianos contribuyeron a desbaratar una maniobra para la cual Gran Bretaña había enviado a las costas dálmatas algunos buques: correr fuerzas yugoslavas hasta la costa adriática y allá ser reembarcadas para reforzar Grecia, de poderse hacer –o, para mejor de