Guerra 1939 41 06 14
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Gran Bretaña invade Siria francesa. El complejo siriaco La SI 14/06/41 p. 1-7
Indias Holandesas dicen que no La SI 14/06/41 p. 7-8

Gran Bretaña invade Siria francesa. El complejo siriaco
La SI 14/06/41 p. 1-7

            a) ¡Eureka! Retumba el cañón sobre las aguas del alto Jordán y van y vienen sus ecos por las infinitas gargantas de las históricas cordilleras libanesas. Los carros de guerra británicos resuenan sus motores por los campos de Sidón; en las tiendas del desierto corren la pólvora los veloces caballos de Homs, y los filosóficos camellos de majestuosa joroba relinchan oliendo un período de aventuras. Los aviones atruenan los espacios llenos de sol del desierto y el druso recio, y el libanés fino y el nervioso hijo de Ismael acarician el fusil, quien sabe si para rechazar al británico ávido, o para botar al francés colonizador…, o en el fondo de su corazón de patriota, para realizar a la vez ambas cosas. Por fin, guerra verdadera en el Cercano Oriente, después de ese preliminar y fallido episodio que nos ha defraudado en nuestras más caras esperanzas de bullicio y de lucha.
            - Pero ¿no es ésto desacompasadas ansias de guerra fatal y de un mayor enredamiento de los actuales enredos, delatando dureza de corazón?
            - No. en los duros tiempos que corremos, hay derecho a ansiar los máximos conflictos, para que agoten el índice de dolor colectivo y el fin del conflicto se acerque más de prisa. En el fondo del furor bélico y de las ansias de pegar tiros hay -¿qué militar que lo es de veras no sabe esto?- unas enormes ansias de paz, orden y tranquilidad. El “si vis pacem” en estas horas de reciedad, se modifica ligeramente: “si vis pacem, fac bellum”.
            Esa guerra de Siria tiene, además, un nuevo aliciente: tiene que despejar una incógnita. O, tal vez, varias incógnitas, que pesaban burdamente sobre todo ese conjunto de cosas que se llaman “guerra actual”. Quien sepa elementos de psicología –también, rudimentos de estrategia- sabe que nada hay más desmoralizador que el misterio, las incógnitas, lo indeciso, lo impreciso. Y nada hay más deseable que eliminar esas incógnitas, poniéndolas a luz y convirtiéndolas en hechos y situaciones a la vista. Importa poco que esas incógnitas nos muestren que en su vientre brumoso llevaban cosas amenazadoras para nosotros. Para un batallador, nada hay que arredre, con tal de que aparezca a la vista. Pueden, entonces, funcionar a la vez, la mente que teje planes de acción y la valentía que los realiza. Ante la fofedad de lo desconocido, nada puede arquitecturarse ni realizarse a base precisa.
            Las incógnitas que esta guerra en Siria descifrará serán varias. En este instante, solo dos interesan fuertemente: 1º ¿Se decide Francia de verdad por uno u otro lado? 2º ¿Qué actitud toman los árabes siríacos, así como los del resto de la Arabia racial?
            En la crónica última tocábamos el primer punto, y vale la pena, en estos instantes, de acentuar lo que en ella decíamos acerca del estado de espíritu de la Francia, e incluimos dentro de esta palabra a los dos grupos: al minúsculo, aparente y a las órdenes de Gran Bretaña que acaudilla De Gaulle, y al que dirige en la Francia dolorosa del continente y la mayor parte de sus colonias el ilustre y paternal anciano que es Petaín
            Quien, desde cualquier campo, estudiase el ánimo de Vichy (así, como de los generales que le siguen, en la metrópoli y en las colonias) separados de los precedentes cercanos y lejanos, no estaría en situación de plantear la verdadera ecuación estratégica de los actuales momentos. Y los antecedentes pueden representarse desde varios puntos, de los cuales concretaremos no más uno. Repetimos: hechos. Por tanto, nadie con derecho a amargarse por citarlos, y menos cuando, bajo un método estrictamente científico como se hace en estas columnas, uno se atiene absolutamente a la realidad, de la cual nadie podría prescindir, si verdaderamente intenta aclarar ideas.
            Son conocidos los antecedentes, relativos (desde muy lejos) a la calidad del ejército francés de tierra, cuya fama, bien ganada, es reconocida por todos, aunque –muy comprensible- fuese agrandada desproporcionadamente en la fantasía del buen pueblo de Francia: Richelieu, Napoleón. Foch.  ¿A qué citar otros nombres, que ocupan tantas líneas en las páginas de la historia?
            Estúdiese como se quiera las causas de la derrota de la Francia militar en el leve y aplastante período de tres semanas el año pasado. Sean las que se quieran las causas, el hecho está ahí. Y ¿habrá nadie que no comprenda cómo ha de enlutar el corazón de todo francés (más: