Guerra 1939 41 10 11
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Las siete puertas de Rusia. Se van cerrando las puertas La SI 11/10/41 p. 1-4
Los cuervos sobre Afganistán. La guerra de “los otros” La SI 11/10/41 p. 4-6

Las siete puertas de Rusia. Se van cerrando las puertas
La SI 11/10/41 p. 1-4

            a) Una de las características de los países aliados consiste en derrochar hipérboles. Y no sin razón. Varados en las arenas muertas de un pasado que se van sin remedio; soñolientos en los azares de una penosa y secular digestión, los hechos más elocuentes muestran cómo la victoria ha huido esquivamente de sus pabellones. Necesitan, por lo mismo, hinchar el globo, según aquella ley psicológica que nos habla de uno de los capítulos más pintorescos de la manera de ser humana en cuanto procura simular lo que realmente no es.
            Se está dando actualmente una película hecha por uno de los escasos capitanes de la cinematografía norteamericana que no se ha idiotizado todavía, el inteligente Korda. El fondo del asunto es un hecho vulgar anotado por la psicología, por el cual uno inventa una mentira para un fin determinado, y, de tal modo, la vive y la entra en la trama vital, que acaba por creerla un hecho real y positivo, tomando como verdad inconcusa lo que, no solo es invención y fantasía, si no invención a sabiendas forjada por quien ahora vive y acciona desenvainando la espada para defenderla como verdad, y creyendo en esa verdad.
            (Sobre esta ley psicológica los gobernantes –nunca será más de deplorar que muchos de ellos carezcan de ingenio creador- no han sabido armar ideales nacionales, metiendo en la cabeza de las muchedumbres ideales que no poseen, pero que, si se sabe inyectarlos en la circulación sanguínea nacional, acaban por ser una realidad).
            En esto piensa el crítico cuando analiza los factores que engendraron la Conferencia de Moscú sobre ayuda a Rusia, y, trasladándose de los cerúleos cielos del optimismo aliado, se baja a la reseca realidad aliada. Allá se reunían “para convenir los detalles para enviar a Rusia cuanto material necesita”. Realizaban largos viajes, tan amados de los eminentes políticos cuyo bolsillo no sufre merma alguna con ellos. Llegaban al Kremlin. Trataban de esa ayuda, aunque guiñando el ojo el norteamericano al inglés señalando al nuevo Cireneo, Stalin. Conferenciaban duro y parejo. Acordaban quien sabe cuantas cosas. Siempre a la sombra de la azul ilusión de que podían realizar lo que estaban acordando, y posiblemente creyendo, ellos mismos, con buena fe del carbonero, que esos acuerdos eran viables y llevaderos a la realidad bélica.
            Sin embargo, era bastante echar una ojeada sobre las varias puertas que tiene Rusia alrededor de sus larguísimas fronteras, para convencerse de que estaban esos ilustres personajes, escribiendo graves acuerdos sobre el agua y edificando bellos y suntuosos palacios sobre los débiles cimientos de la pura imaginería. Ellos creen que van a llevar auxilios a Rusia, para eternizar la lucha en ese frente. Se han hecho la ilusión de que eso es posible. Y sobre ese espejismo han podido hacer comentarios tan regocijados como aquél por medio del cual nos está explicando un crítico de la V1 Columna que “Alemania está descorazonada al ver que las grandes democracias están listas a entregar a Rusia cuanto sea necesario para que pueda defenderse eficazmente”.
            Para juzgar de la posibilidad, o la imposibilidad, de hacer llegar  a Rusia esos auxilios, hay que partir, ante todo, de lo que cada cual entiende por ayuda. Las declaraciones recientes de Mr. Churchill ponían en claro la opinión británica sobre lo que ellos entienden por ayuda.  Ellos prometieron (y estaban obligados a hacerlo por un Tratado escrito y firmado) ayudar a Polonia en el caso de una guerra con Alemania. No mandaron un solo avión. Se contentaron con la ayuda mental, deseando buena suerte al infeliz pueblo que, con su menguada intelección, daba motivos a Gran Bretaña y Francia para declarar la guerra a Alemania. Que es lo único que buscaban los dirigentes británicos y los inmorales políticos franceses que obedecían ciegamente al gobierno extranjero de Londres. Ellos ayudaron a Noruega, después de incitarla a la lucha, mediante aquella regocijada expedición, invención organizada de Mr. Churchill, en la cual iniciaban la primera gloriosa retirada, dejando a los soldados noruegos en la estacada. Y no hay que recordar como auxiliaron a Francia, Bélgica, Holanda, Grecia y Yugoslavia, simulando ayuda donde no hubo más que un abandono absoluto y total. Sin embargo, de lo cual decía el actual jefe del Gobierno británico: “puede contar Rusia con una desinteresada ayuda, como es costumbre constante de Gran Bretaña respecto a los pueblos que se han aliado a su causa”.
            Cierto que, entendiendo por ayuda ese nada entre dos platos que enviaron los británicos a esa lejanía de pueblos víctimas de ese engaño, podemos también esperar que Tanto Gran