Guerra 1939 41 11 01 a
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Londres apetece el Cáucaso. La guerra y el petróleo del Cáucaso La SI 01/11/41 p. 1-7

Londres apetece el Cáucaso. La guerra y el petróleo del Cáucaso
La SI 01/11/41 p. 1-7

a) Un vendaval de fuego ha prendido en toda la línea de guerra, larga esta semana –durante este mes- de unos 1.200 kilómetros. Y sobre las ciudades inmensas y sobre los bosques vírgenes siniestrados ondean gigantescos penachos de llamas. Es que se ha llegado al punto culminante del gran drama; y la furia alemana –a la diestra la Ciencia y a la siniestra la Necesidad- ha lanzado sus cien mil potros de acero, rivales del rayo, sobre las tupidas selvas del Donetz y el Moscota en cuyo seno misterioso se agitan las muchedumbres lanzadas semipreparadas a la lucha por dirigentes que han mostrado escaso sentido de la mesura. Y hay, en este infierno de fuego, infinitos dolores, y como que se sintiesen en el viento murmullo de laureles.
 En esas guerras modernas –en rigor, también en las antiguas- los momentos más interesantes son los que no se precisan en los telegramas, y porque están en plena evolución los hechos parciales que integran una batalla. Cuando los dolores llegan a su cúspide, y, paralelamente, los vítores resuenan clamorosamente, es que pasó ya el punto culminante, y la decisión ha ceñido laureles en las frentes.
 Es por esto que esta semana poco se puede decir de la marcha de la guerra. No es que no haya qué decir. Pero está todo en su “fieri”. Los contornos no están todavía precisados y la batalla está en plena evolución.
 Dura desde el día 2, y jamás se había visto en la historia –ni aún en los días tremebundos de Verdun y el Chemin de Dames- una tal violencia cientificada, gigantesca fórmula bélica que tira a la solución de una ecuación que ha de abrir en el porvenir del mundo una ancha vía.
 Es interesante constatar cómo los eminentes críticos de los países aliados no han entendido, todavía, esa gestación que necesita toda gran victoria que merezca este nombre; y que lastimosamente confundan ese período gestativo con atrasos, lentitudes y otros vocablos semejantes. Han visto y palpado esto en todas las grandes batallas de estos dos años. No han llegado a sistematizar, para aplicar la norma deducida a acciones posteriores. Y admira que, aún nombres ante los cuales uno ve ciertos calificativos militares o navales, nos hablen desde Londres o Nueva Cork de detenciones, de zigzagueos, de fracasos, cuando se trata sencillamente del maderamiento de la batalla que tiene su evolución necesaria.
 Los sucesos de mayor relieve han tenido lugar, esta semana, en Crimea, la punta del mar de Azov, alrededores de Charkow y sudoeste de Moscú. La quietud ha caracterizado el sector norte, salvo importantes avances  de los finlandeses en las regiones ya heladas del ferrocarril de Murmansk, de los cuales daremos cuenta  cuando alcancen el objetivo capital, que es tocar las costas del mar Blanco.
 En Crimea  (que aparece en el mapa de la portada, así como en otros de los números recientes) ha sido rota la resistencia en el istmo de Perekop, que era la condición previa para irrumpir  sobre la península. Desde que las fuerzas germano-rumanas habían avanzado por la costa del mar de Azov, tomando todas las ciudades de su lado norte, y aún la desembocadura total del Don, la Crimea podía considerarse como desligada completamente del continente, sin poder recibir auxilios más que por mar. Una nueva Odesa, aunque ésta enorme, cuya posesión por razones terrestres, no habría urgido, aunque porque sí por razones marítimas: en la península está el puerto principal del mar Negro en sentido militar, Sebastopol, vigía avanzado en las aguas cuya posesión es de importancia extraordinaria para los alemanes en el sentido del Cáucaso  y de posibles, aunque no probables, ayudas a Rusia por el lado de los Dardanelos, según soplen los vientos del porvenir inmediato.
 El istmo es de una estrechura extraordinaria y en medio de él, para hacerlo más difícil, se alza Perekop. Y los rusos han podido defender durante varios días este paso, en el cual han debido dejar ambos bandos muchas víctimas. Crimen, según el locutor oficial de Samara, era inexpugnable; contra las rocas de su lengua de tierra se estrellarían todos los ímpetus germanos.
 Así era durante unos días. A principios de semana, caía el paso, habiendo una punta de lanza podido introducirse en la  defensa, y, tras ella realizar su dura misión. La austera costumbre del Estado Mayor alemán de no dar noticias, y menos mientras las operaciones están