Guerra 1939 41 11 01 b
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La grosería de Djibuti. La hazaña de Djibuti La SI 01/11/41 p. 7-9
El Japón se cuadra. El Japón se yergue La SI 01/11/41 p. 9-10

La grosería de Djibuti. La hazaña de Djibuti
La SI 01/11/41 p. 7-9

 a) En ese rincón del Mar Rojo, donde los franceses han podido conservar un pedazo del África oriental, están sucediendo, desde hace meses, cosas realmente extraordinarias. Ellas son poco notorias, y no dan lugar a grandes exclamaciones y menos a reseñas periodísticas. Sin embargo, ellas delatan unas maneras que la nueva Edad ha de eliminar reciamente. Ha dicho no se quién que es en las pequeñas realidades donde hay que ir a buscar las características de la acción de un país determinado.
Este pedazo de la Somalia uncido al carro del Imperialismo colonial de Francia tiene para los británicos una triple importancia. 
 Primero, estratégica. Esa pequeña Somalia está en el riñón mismo de la defensa del Mar Rojo. Por tanto, es uno de los puntos neurálgicos de la ruta que la metrópoli británica tiene destinada para continuar en posesión de ese Imperio y de sus comunicaciones. Hace pocos años –todavía no cuarenta- que Gran Bretaña  se apoderaba simplemente de Adén, con aquella seguridad democrática con que algunos suelen disponer de lo propio y de lo ajeno. Adén era una de las dos puertas de esta entrada meridional del Rojo. Luego, todavía no hace seis años, se apoderaba democráticamente de la isla Perim, que en el mapa adjunto aparece en medio mismo de la entrada en aquel mar. La islita pertenecía de hecho y de derecho al Yemen, país independiente cuya capital es Hodeida. Pero los que gritan democracia pueden fácilmente prescindir de esos “detalles” como ser que algo que apetecen pertenece a otros.   
 Aún así, la cosa no quedaba redondeada. Porque la orilla africana de esa entrada estaba en poder de Francia. Ese país se había desangrado dos veces (1914, 1940) para salvar a Gran Bretaña. Pero ¡qué diablos! La palabra “affaire” no serán precisamente los franceses los que la rechacen como bandera y norma de acción.  De ahí las cien tentativas, realizadas después de la caída de Francia, para echar de esa zona a los franceses y hacerse con ella, ya sea directamente, ya –a la manera siria- mediando la turbia intervención de malos hijos de Francia.
 Tiene ese pequeño país somalí importancia comercial, a causa del ferrocarril que desciende de la capital de Abisinia, poniendo en comunicación esta parte del África con las grandes vías comerciales de los mares. Obra del esfuerzo económico francés, no puede ser esto valía para los apetitos. Ese camino de hierro, largo de unos 600 kilómetros, sería muy útil a Gran Bretaña.
 Finalmente, tiene ese trozo de Abisinia importancia como reducto militar para la próxima futura reconquista de la Abisinia esa África, en estos instantes tan quieta, no va a quedar así como así. Y es de una importancia extraordinaria el que, en el corazón mismo de ese trozo ahora británico del continente negro, se puedan iniciar operaciones hacia quien sabe cuantas direcciones, especialmente acciones submarinas hacia los dos mares que se juntan en esa pequeña y disputada ciudad de Djibuti. 

 b) ¿Qué le ha hecho Francia a Gran  Bretaña para que se eche sobre ese pedazo del Imperio francés y pueda apropiárselo con alguna sombra de título jurídico? Francia es país neutral, vencido y en reconstrucción y además ex-aliado eficiente de Gran Bretaña. Tres vallas para que sus derechos le sean respetados por un país que se precie de seguir normas alejadas de la violencia y la pura fuerza.
 Como país neutral, no existe derecho alguno, bajo ningún concepto, para que cualquier Gobierno pueda atacar las colonias francesas. Porque claro está que no aceptamos que un país grande pueda convertir su voluntad en derecho internacional. El caso es substancialmente el mismo, bajo este punto de vista jurídico, que si Estados Unidos se apoderara de la isla de Pascua o Alemania se apoderara de las islas de los Galápagos so pretextos que no faltarían.
 Como país vencido, hay algo, muy superior a las reglas de la pura jurisprudencia, que atajan al caballero. Un día, en aquellos siglos magníficos (que algunos ignaros llaman bárbaros) de la Edad Media, tenía lugar el sitio de una ciudad española por los árabes andaluces. La refriega era dura y llevaban los moros la mejor parte. Cae un cristiano prisionero, y explica que el jefe de la plaza dirigía el sitio desde su cama de enfermo grave. Y acaece el milagro: las cornetas moras suenan estrepitosamente retirada, levantando el sitio, y el jefe árabe envía al