Post Guerra 1939 47 10 04
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El medio diplomático de ganar las guerras La SI 04/10/47 p. 1-7

El medio diplomático de ganar las guerras
La SI 04/10/47 p. 1-7

1. El encadenamiento de las cosas
            Hay un poeta americano –creo que Barba Jacob, el vate colombiano- que debate el problema de que “lo que va a pasarnos mañana depende del girar y del brillar hoy de las estrellas”.
            La afirmación parece absurda e incoherente. Cuanto más, tiene la forma de una licencia poética: porque todo ha de tolerársele a los poetas.
            Sin embargo, esto se fundamenta en que la voz vulgar toma a los poetas como seres desligados del mundo y de aquella lógica que nos sirve a nosotros para hilvanar algún raciocinio, como si dijéramos, una laya de hombres anormales, que pueden prescindir del buen sentido y de la normalidad. Ha sido general esa concepción del poeta en todos los tiempos.
            Pero yo la tengo por equivocada. El poeta es un vate, que viene a ser lo mismo que un “catador de profundidades”; que, por lo tanto, otea cosas profundas de la vida, y que, al revelarlas, parecen incoherencias a la generalidad de la gente; porque la generalidad no ve más allá de la epidermis. Y de ahí, también, que algunos analistas de vocablos hagan venir la voz “vate” de una especie de “adivinador”.
            Claro que ellos no adivinan nada. Ven simplemente lo que a los demás no les es dado ver. Que, por lo mismo, viene a ser, para los demás, una especie de adivinación del vate. Poeta vale decir “creador”, según su significación originaria. Pero el poeta no crea nada. Muestra lo que ve, porque él tiene ojos de profundidad, que, al tenor de ciertas partículas de rayos X, tienen la propiedad penetrativa de ver a través de los densos tejidos vivos.
            De ahí ciertas afirmaciones prácticas que parecen absurdas. Lucrecio, en su famoso poema, manifestó cosas que les parecieron a todos los críticos de veinte siglos tonterías. Teníamos que llegar al siglo XX, y a la desintegración atómica, y a la constitución de las galaxias, las nebulosas y las estrellas, para confesar que Lucrecio vio, en esta parte, la verdad, y que sus “absurdos poéticos” no eran más que manifestaciones de la realidad substancial, tomada la palabra en sentido etimológico puro: que está debajo, adentro de la cosa y allá invisible, salvo para unos ojos creadores.
            Volvamos al principio. A la afirmación del poeta colombiano, según la cual de tal modo están enlazadas las cosas, que “una cosa humana pende del girar y el latir de las estrellas”.
            Se manifiestan ahora tales cosas raras, que estamos inclinados a pensar si los raros serán los hombres normales y los que conceptuamos normales serán los anormales.
            Desde siglos muy lejanos, se creía ya en el enlace de las cosas, de tal modo que hacían intervenir como concausas de los sucesos las cosas más desligadas. Los alquimistas fueron considerados por los críticos (que se creían sabios y superhombres) como alunados astrólogos. Y ¿no resulta ahora que sus alucinaciones eran realidad, como la transformación de unos cuerpos en otros (la piedra filosofal), y que el “arbos scientiae” de Raimundo Lulio era nada menos que un avance científico de siete siglos?
            Recibo yo cada año, imperturbablemente, un libro, curiosísimo, y en parte al menos repleto de sabiduría, que dedica cientos de páginas a la cábala siderúrgica, es decir, a las influencias planetarias y estelares sobre el hombre. ¿Estaremos de algún modo sujetos  a esa actividad estelar? Recibo a menudo ciertas circulares de Observatorios astronómicos de hombres que viven de la contemplación filosófica de los cielos y de las combas nocturnas. Antes se decía que mirar al cielo era causa de muchos traspiés en la tierra. Y la gente “práctica” urdía alrededor de esta idea una especie de filosofía de la acción. Y la verdad es ésta: que así como siempre los inventores de química, de física (digo: los inventores) han sido los filósofos y no los de la banda científica inventada ¿quién sabe de qué parte estará la verdad ahora, en cuanto las previsiones astrológicas de los siglos X al XlV?
           
ll El mundo, complejidad densa
            Las cosas, en la superficie, son simples, y cada una lleva en su zurrón la llave de su futuro. Pero, ¿no es lo objetivo lo que realmente es, y no lo que se ve en la superficie del accionar?