Democracia
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Florilegio del ideario de Bardina: Democracia


Florilegio del ideario de Bardina
Democracia

a. Democracia: una palabra que hemos querido con toda el alma
“Autopsia de una palabra sonora. Democracia” (1) La SI 18/01/41 p. 12 
b. Democracia: entre los griegos
 “Autopsia de una palabra sonora Democracia”  (117) La SI 24/04/43 p. 12
c. Democracia y Cristianismo
“Autopsia de una palabra sonora Democracia”  (122) La SI 29/05/43 p. 12
d. Democracia: principios fundamentales
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (249) 
Nueva dictadura en Uruguay. Su objetivo. Dictadura pintoresca  La SI 28/02/42 p. 6-7


a. Democracia: una palabra que hemos querido con toda el alma

1. El por qué de este ensayo
    En medio del crepitante explotar de las bombas y del cúmulo de las gloriosas tragedias que son cosecha feroz de esta guerra épica –que se alza como un Aconcagua gigantesco entre las llanuras de dos Edades, se oyen los apagados ecos de otra guerra, sostenida con ínfulas de novato en los dominios de la discusión. Y toda ella sostenida alrededor de una palabra que hemos querido con toda el alma: Democracia.
    El Presidente norteamericano, cuya lamentable dolencia le obliga a la quietud corpórea tan propicia a la meditación y a la obsesión, nos ha clavado esta palabra sonora un centenar de veces en la prosa encendida de sus últimos discursos. Y ha tocado a rebato todas las campanas del campanario de la libertad, para llamar a somatén al mundo en defensa de esa hermosa doncella.
    Alrededor de esta palabra –Democracia- y de su galanía se van atrincherando toda suerte de beligerantes. Unos, con candor anacrónico, suspiran tiernamente, lanzando al aire sus quejas. Otros, con el sollozo en la garganta, como si asistiesen a un lúgubre entierro, lloran desconsoladamente. Otros, con “allures” de conquistador, reúnen al pie de la doncella todos los mastines enseñándonos los agudos dientes. Otros, que tiran a pacíficos, nos envuelven a la casta doncella con mil serpentinas de lindas palabras. Y por encima de su blanda cabeza se entrecruzan toda suerte de proyectiles, a favor o en contra, metiendo la más enorme bulla.
    Porque, al lado de este defensores de la Democracia, que se afilan en numerosos cuarteles según los temperamentos, desde el hombre bravo acariciador de fusiles, hasta el retórico que lucha con bombas de colores, se alinean los enemigos de esa palabra, como si intentasen asesinarla y enterrarla. Vuelcan sobre ella toda suerte de dicharachos e improperios. Acúsanla de quien sabe cuanto crimen. Apuntan balas envenenadas en medio mismo de su corazón palpitante. Y meten una barahunda extraordinaria.
    No parece si no que la palabra Democracia se haya varado en todas las bocas. Y aún hombres que habían vivido siempre sin rozaduras de problemas, están ahora afilando todos sus puñales y arremangando sus brazos para arremeter a favor o en contra de esa matrona sobre cuyas carnes temblantes no parece sino que se está apoyando toda la inmensidad de la presente guerra.
    Y la cosa no deja de ser muy rara. Hubo un tiempo -cuando nuestros queridos abuelos se mataban por palabras y estaban felices por decir Libertad aunque fuese sin tener con qué almorzar- la palabra Democracia estuvo en auge durante décadas de cálidas luchas. Había adoptado esa palabra a manera de ayuntamiento de amorío, la casta que tenía como finalidad capital adormecer a las masas con frases sonoras, para poder, en el entretanto, esquilmarlas económicamente. Y hubo muchas guerras de toda laya, internacionales y civiles, alrededor de la Democracia. Hubo actos de elevado heroísmo. Se escribieron mil odas entusiastas. Murieron docenas de miles de apóstoles.  Y todo un silo se meció al compás de esta cuestión.
    Pero vino tras esa racha otra época. Las masas obreras comenzaron a ver algo raro. Y de ese algo salía una frase que hizo época en pleno siglo nuestro: “la libertad política es despreciable cuando no existe libertad social hija de la independencia económica”•  No entramos ni salimos sobre la verdad o la falsedad de  esta nueva frase. Nos reducimos a