Imperialismos siglos X1X y XX
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Imperialismos siglos X1X y XX
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Florilegios del ideario de Bardina: Imperialismos siglos X1X y XX


a. Imperialismo y colonialismo británico
Presentación de Problemas. La Comunidad de Naciones libres del Imperio Británico, La SI  22/05/33 p. 7
b. Imperialismo y colonialismo germano
La candente cuestión colonial proveniente de la guerra: Alemania quiere colonias La SI 16/10/33 p. 6
c. Imperialismo y Guerra 1939
    Gran Bretaña invade Siria francesa. El complejo siriaco  La SI 14/06/41 p. 6 col. 5
    Las siete puertas de Rusia. Se van cerrando las puertas La SI 11/10/41 p. 1-4
    Imperialismo desbordante. Imperialismo a ultranza La SI 15/11/41 p. 4
d. Imperialismo y colonialismo yanqui
Mr. Roosevelt dictador integral La SI 22/11/41 p. 1-4



a. Imperialismo y colonialismo británico

ll.- Origen del Imperio Británico
    El Imperio Británico se formó a través de la historia a base de varias razas, que han influido, cada una en grado distinto, a la formación del actual tipo étnico que llamaríamos “inglés”. Pero no hay que olvidar, cuando se trata de Imperio, que una de las razas que más influyeron  en la constitución de ese tipo y en su manera de ser en cuanto a su operación y sus actividades, es la que procedía del norte de Europa, bajo el nombre de “normanda”.
Un normando es, por definición, un lobo de mar. Los normandos se establecieron, procedentes de quien sabe donde, en las costas inhospitalarias de la actual Dinamarca, en los bajíos de la Holanda insular, en los fjordos maravillosos, pero helados, de la Escandinavia. Y allí, para subvenir a las necesidades de su estómago, debieron armar unos palos, y mejor o peor pulidos, lanzarse sobre ellos a todas las aventuras del Océano.
    Una de las más interesantes novelas que puedan leerse, es la historia de las excursiones normandas desde sus nidales escandinavos a todos los rincones del mundo conocido. Bajeles inverosímiles, tanto en pequeñez como en elementalidad, eran montados arduamente por hombres audaces, que se arrojaban sobre las costas extrajeras –sin distinción de razas ni de razones- con la rapidez del águila sobre la presa. Duraron decenas de años las defensas que tuvieron que montar los pueblos galos en el estuario del Sena, amurallándose dentro de la famosa isla fluvial de París para librarse del empuje de los normandos. Y los cántabros y astures de España, que eran saqueados periódicamente por las gentes normandas; y las costas africanas, cuyos blancos aduares sabían bien el significado de esas incursiones; y las mismas poblaciones sicilianas, en el corazón del Mediterráneo: todos conocían el peligro normando, que en esa última isla acabó por instalar una dinastía que gobernó  por largos años a las sicilianas gentes.
    Ese espíritu marítimo y aventurero de los normandos, amos del mar y señores de las aguas grandes, no parece sino que haya sido el eje étnico de los pueblos británicos. En aquellos lejanos tiempos, los británicos podían fácilmente vivir de su suelo, cultivando al estilo de la época su propia agricultura. Eran menos de dos millones de habitantes; y aquel suelo siempre, aún con métodos atrasados, ha podido atender a muchos más.  Podían, pues, aquellos primitivos británicos ser agrícolas, y aún parece ser lo más natural que así hubiese sido.
    No lo fue, sin embargo, la raza británica prefirió otro camino. Y, en ves de darse a su suelo, pule cuatro tablas y se echa al mar, buscando en los azares de una navegación difícil una vida que podía hallar fácilmente inclinándose sobre la tosca reja del arado.
    Ese tirar hacia el mar, que ha distinguido siempre a la raza inglesa, constituye, nada menos, que los cimientos psicológicos del Imperio que había de venir después. Esas correrías marítimas, encajonadas en cada instante en las costumbres de la época –desde la piratería legal del XVll, hasta la magnífica organización acuática de hoy- no es más que un corolario que fluye