Religión
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Florilegio del ideario de Bardina: Religión


Bardina católico

Necesidad de una organización social Católica, en BOY, Revista quincenal, propiedad de la Academia Literaria de San Agustín del Seminario de Valparaíso, Año V, Valparaíso, 15 Agosto 1925 Nº 80 p. 1-6
Belén, cuna de la humanidad en La SI 24/12/38 p.2
Cristo y la Paz en La SI 23/03/40 p. 8
Cristo en La SI 08/11/41 p. 11


    Si nos remontamos a los orígenes  de las nacionalidades europeas, en las oscuras centurias de la Edad Media, observaremos un hecho por demás interesante: el Cristianismo no era, en manera alguna, una de las actividades múltiples de las gentes de la época, dedicadas a trabajar, divertirse, comer, dormir, pensar, orar.
    La religión no era una rama o parte del día del ciudadano ocupado en cosas cien y una de ellas la religión. El Cristianismo era una orientación general que se enchufaba en todo; una savia general que circulaba por todos lados y lo vivificaba todo; una forma esencial que lo modelaba todo según hechura e imagen propia; una raíz-madre por medio de la cual chupaban vida, alimentación todas las cosas del ciudadano: los materiales y los inmateriales, los privados y los públicos, los individuales y los sociales, la cabeza y el corazón, el individuo y la familia, la religión y el gremio, la Nación y el Estado.
    En aquellos siglos la religión no era una actividad sino la sangre que alimentaba todas las actividades; no era un  miembro o sección, sino espíritu que informaba sustancialmente toda materia. Era la realización exacta del ideal apostólico cuando decía que Dios no era menos que una información total, debiendo estar en El, vivir en El y respirar; y la religión algo así como una transubstanciación de lo humano, injertándole valores sobrenaturales.
    Se podría tener acerca de este hecho individual ideas distintas según se pensase en cristiano o en ateo, en católico formalista o en católico viviente; pero el hecho en sí, no puede negarse: el cristianismo era, en aquella edad, la sangre espiritual que nutría y oxigenaba la complejidad de la vida.
    Podríamos para insistir en esa modalidad aducir ejemplos varios. Nos contentaremos con aludir a uno: el gremio medieval, que era a su vez la institución más compleja de la época, sobre todo desde la mitad del siglo Xlll. El gremio era como el gran centro de comunicación y hermanamiento de las múltiples actividades. El gremio era la técnica, y por esto se organizaba a base de profesiones, maestros y aprendices. El gremio era el interés clasal, y por esto era el instrumento de defensa de los intereses materiales. El gremio era la instrucción, y por esto organizaba la educación profesional de los ciudadanos. El gremio era la economía, y por esto no pagaban contribuciones los individuos, sino los gremios.  El gremio era el ideal, y por esto cada uno tenía sus maneras de concebir las cosas del pro-común.
    El gremio era el mutualismo, la hermandad, el socorro y el prestamista. El gremio era el urbanismo, y por esto existían en todo el mundo civilizado, la “Calle de los tabartaleros”, la “rue des poissoniers”, “el cerrear de l’argenterie”. El gremio era el diccionario, y por esto cada sindicato de oficios votaba a sus diputados. El gremio era el gobernante, por ser así tenía las soberanas facultades del “mandato imperativo” sobre los diputados y del “juicio de residencia” sobre los ministros.
    Pues bien, con ser el gremio todo y mezclarse en todo, era esencialmente religioso. Tenía cada gremio un santo patrón, todavía figurante en los almanaques. Tenía cada gremio un estandarte propio, que se depositaba en su propio altar de la Iglesia comunal. Tenía su ideal cristiano fuente de espíritu para todo lo que el gremio realizaba y, al defender sus intereses o al fundar escuelas, y al trazar una calle gremial o acudir a elecciones, y al naturalizarse o gobernar, siempre procedía según Cristo;  medía todos sus asuntos por así decir, en el agua bautismal del ideal cristiano; y operaciones santas tan complejas y calificadas como aquellas del gremio, todas se realizaban a los empujes de aquella savia interior que arranca de las fuentes eternas.