Guerra 1939 41 12 20
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Hong Kong y Singapore en peligro. Con ello, en inseguridad los Imperios británico y norteamericano La SI 20/12/41 p. 1-8
Hong Kong y Singapore en peligro. Con ello, en inseguridad los Imperios británico y norteamericano
La SI 20/12/41 p. 1-8


1. Se está desgonzando

    Si ponéis el oído atento hacia poniente –ese Lejano Poniente, que la manía imperialista nos hace llamar Lejano Oriente, y nosotros, pobres siervos, nos agachamos- oiréis un raro rechinar muy parecido al de las viejas puertas cuyos goznes oxidados están protestando. Es que la Nueva Edad tiene algo que ver con la orgía imperialista que ha sido el siglo XlX, y que ahora algunos soñadores de grandezas aspiraban a trasladarla a tierras y mares americanos.
    Cuando un historiador de cosas medulares examine razonadamente eso que a través de la historia se ha llamado Imperios, advertirá dos cosas que no ha visto anotada en historia alguna: 1º que ha habido dos clases de Imperios que, respectivamente, han obedecido a Ideales y a Humores Estomacales; 2º que, si en días viejos esos Imperios  (el romano, el español), respondían a una necesidad civilizadora, actualmente no se trata más que de una pugna entre los grandes países civilizados que lo acaparan todo: lo que les es útil y lo que no les sirve.
    Hay que entrar en estas entrañas imperiales para detener la lucha actual, emprendida para salirnos de los asfixiantes vahos estomacales en que han envuelto también al mundo  minorías audaces de países que se llaman cristianos. Se comprende el Imperio Romano, que obedecía, en sus principios, a necesidades vitales, asentados los hijos de Roma sobre una comarca estéril y nada bella, necesitados de expansión; que obedecía, luego, a la necesidad subconsciente de civilizar a la Europa salvaje. Roma, enarbolando en una mano la ciencia helénica y luego, en otra, la Cruz de Cristo. Se comprende, en los pasados siglos, el Imperio español, que obedecía a dos necesidades paralelas a las romanas: la nutrición de Castilla, raza asentada sobre la esterilidad de una estepa, y la civilización de una constelación  de pueblos indios americanos, con los cuales había que trenzar vidas, mezclar sangres y enchufar por manera vital la civilización. Eran estos, Imperios que forzosamente habían de llegar a su fin, porque Imperio no es finalidad, sino nexo e instrumento; pero que, antes, habían de realizar una bella labor durante largos lapsos de tiempo.
    Más ahora, en pleno siglo XX, no se trata, por parte de los imperialistas, ni de hallar comida ni de civilizar. Pretenden extender sus Imperios precisamente aquellos pueblos que tienen la despensa abarrotada, comiendo a dos carriles. Y rezongando si otros pueblos, igualmente poderosos, tratan siquiera de comerse las migajas que caen de su mesa opípara. No se trata de civilizar, extirpar supersticiones, elevar a los pueblos. Solo llegan a las lejanías imperiales aquellos avances que necesitan para sus negocios los que ejercen el Imperio, sin preocuparse mayormente de la elevación de las masas colonizadas, vegetantes en la miseria material y moral
    El ímpetu imperialista ha llegado en estos días a tales extremos, que un jefe laborista británico –un representante de aquellos obreros que se llaman democráticos- no trepidaba en decir hace poco que “de nada servía que ellos, los británicos, tuviesen mando sobre cuatro quintas partes de los hombres, si no tenían férreamente sujeta a la quinta parte”. Expresión inmoral e intolerable, que muestra a qué grado de putrefacción han llegado, no ya los hombres de las minorías usufructuarias, sino aún los infelices siervos de los grandes rebaños de trabajadores., no se contentan con imperializar sobre las 4/5 partes. Quieren imperializar sobre la totalidad humana.
    En Edades pasadas, podían ser necesarios aquellos Imperios para la marcha de la civilización mundial. En nuestras horas, no son los Imperios más que topes a la marcha de la civilización, feria de ingentes apetitos y arena donde millones de inconscientes se matan para que el banquete de los amos pueda continuar sin peligro. Cuando un viejo Imperio estaba para desaparecer, se entraba en un instante de putrefacción, que la crítica histórica llama período de Bajo Imperio. Ahora estaríamos en pleno Bajo Imperio, y, todavía, del último Bajo Imperio que ha de tolerar la humanidad, entrante ahora en una Nueva Edad.
    Por esto se sienten aquellos desgonzamientos a que aludimos más arriba. Esos extraños rumores de maderámenes que se abren, de piedras que resbalan, de murallas que tambalean, de