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Andrés Manjón ha muerto  ME 09/23 p. 36-38

 

            Un educador que se avanza a las más radicales orientaciones modernas de la escuela. Sus dos cualidades eminentes: entrenamiento y apostolado. Cómo juzgaban los extranjeros las obras de Manjón. La actual vitalidad escolar en Filipinas, a base manjoniana

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            Por los años de 1860, estudiaba en Burgos –alumno de la facultad de derecho- un joven de aspecto feo y adusto, boca carnosa, nariz maciza a la castellana y cejas hirsutas, que delataba a primera vista el duro labrador de los pardos y avaros campos de la vieja Castilla. Su habla cerrada y escasa. Su continuo pensar íntimo, su vida austera en medio de la turba-multa de alegres escolares, indicaban más y más el carácter severo del joven universitario.

            Pero, si le mirabais a los ojos a Andrés Manjón –que este era el nombre, entonces vulgar, del aspirante a jurista- se comprendía todo lo engañoso de aquellas apariencias. El estudiante tenía, detrás del doble velo de sus pestañas y cejas, unos ojos azules, dulces y placenteros como de oveja. Y por esos ojos se delataba toda el alma de apóstol del futuro educador.

            Manjón acabó su carrera jurídica y se trasladó a Madrid, donde se destacó, sobresaliendo entre todos sus compañeros.

            En el mismo Madrid, el nuevo doctor se lanza a oposiciones, para ganar una cátedra universitaria. El nuevo abogado no había nacido para pleitear y enredar madejas, y ni siquiera para desenredarlas. Tenía las aficiones puestas en la enseñanza. Y optó por entrar en una universidad, a donde se va, en España, por el procedimiento justo de oposición libre y disputa limpia. Y Manjón, triunfante de sus contrincantes, ganó la cátedra de Derecho Canónico de la Facultad de Derecho de la Universidad de Granada.

            Granada. Nombre dulcísimo, que sabe a la bermeja y azucarada fruta. El pastor castellano de las tierras tristes de Castilla, donde los campos acres, reñidos con la lluvia del cielo y las corrientes acanaladas, dan apenas para vivir diario; donde las gentes son honradas, aristocráticas de espíritu y llenas de dignidad en su pobreza, pero taciturnas y severas; el pastor castellano bajaba a la Granada riente, donde todo es luz y color y vida llena; donde todo, incluso la tragedia, se desarrolla forjada de ingenuidad y alegría; tierra de los cascabeles y del romanticismo donde revienta todo lo placentero: los claveles de las rejas, las granadas de los cortejos y los corazones de las mozas…

            Manjón, catedrático en Granada, parecía un cuadro alejado de su marco propio. Pero, a fondo examinado, aquellos ojos azules y aquel corazón todo amor, decían bien que nada más apropiado para el futuro educador que aquel ambiente de luz y de alegría.

            En Granada, el profesor se mete a alumno. Alumno del Sacro Monte, donde cursa la carrera del cura, y se ordena sacerdote y gana un canonicato en la misma catedral.

            Manjón, catedrático y canónico, camina, a orillas del Darro, meditando sus planes. Porque al canónico no se le vio predicar una sola vez. Su predicación había de ser más honda que la voz elocuente del púlpito. Porque pensaba –nada menos- que dedicar su vida a la educación del desamparado.

            Manjón reúne su poca plata, suma sus dos sueldos y compra unos terrenos, pobres pero floridos, en las afueras de la ciudad. Y allí va todos los días, caballero en una burra, meditabunda, a hundir su vida –su vida de catedrático y de canónico- en las covachas de los gitanos, en el ambiente soñador del Albaicín. Y pronto la fama grita los