La SI 42 01 17
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En plena Conferencia La SI 17/01/42
En plena Conferencia
La SI 17/01/42 p. 1-5


1. En el vestíbulo

    Vamos a dar un pequeño paseo alrededor de una trampa. Una trampa parada astutamente bajo una montaña de flores y rodeada de todos los atractivos que tan prodigiosamente se amontonan en esa bahía maravillosa que es el antepecho de la capital carioca. Porque una trampa, para serlo de verdad, ha de estar tapizada de flores y estar oculta a los ojos de las víctimas presuntas. De no, ya no sería trampa.
    Alrededor de esa trampa va siendo cada hora más densa la multitud de forasteros que van llegando a Río con pretensiones más o menos diplomáticas. Hay viejos zorros, que han afilado sus uñas, durante décadas,, en covachas obscuras de la diplomacia; y hay novatos que miran ingenuamente deslumbrados como el boxeador primerizo que por primera vez sube al ring. Hay capitanes de las huestes históricas, capaces de hacer recordar a los grandes oradores de los días de oro del liberalismo carcomido por dentro; y hay callados temperamentos, que miran torvamente a su alrededor, empujando suavemente a los demás hacia los dientes de la trampa. Hay hombres morenos del norte, que viven a la sombra peligrosa de aquel mapa de Protectorados a que aludíamos en una crónica anterior; y hay blancos hijos del sud, que respiran fuerte, no acatan órdenes ni aceptan tutelas.
    Hay también representantes de pueblos que no acostumbran viajar, y menos estudiar, creyéndose razas privilegiadas, seguros de que en Río no hay más que loros policromos y hombres muy afines a la lorería parlanchina. Estemos seguros de que esos americanos  de la América incógnita abundarán, desde que una noticia de Washington nos hace saber que acompañan al delegado norteamericano 45 diplomáticos y una pequeña compañía de doscientos adláteres de todo sexo y calidad. Para los cuales –a pesar de las admoniciones de Summer Wells, espíritu moderno, si no lo afease el defecto norteamericano  de la suficiencia- Río de Janeiro es una especie de arrabal de Nueva Orleáns, Brasil una nación de trogloditas con plumas, Buenos Aires la capital de Bolivia y el Aconcagua, una maravillosa fuente de agua medicinal que cura las fiebres palúdicas de los pantanos andinos.
    Hoy, sábado, después de los fuegos de artificio de la sesión inaugural de la Conferencia, y de un cierto trabajo para la organización de las conversaciones, los conferenciantes se lanzarán a la calle para echar una cana al aire en un week-end excepcional. Las más descoyuntadas negritas de los aledaños cariocas bordarán en su honor sus más portentosos movimientos. Orquestas de todo tipo y catadura ofrecerán a los huéspedes del Brasil sus más desentonados ritmos, y la conga reinará sobre las preocupaciones  de los pocos que las tengan, brindando una horas de olvido y una visión de auténtica alegría popular.
    Cuando el gallo vigilante rasgue con su cantar las nocturnas tinieblas y las cosas vayan tomando perfil a la luz crepuscular, las caderas cansadas marcarán la última rumba y los muy serios diplomáticos se dormirán en brazos de un Morfeo distinto del dios de la Grecia, propicio éste a hacer ensoñar quimeras y a sabotear ilusiones. Hasta que, la mañana del lunes advenida, todo ese castillo de bellas cosas se venga fácilmente al suelo a la voz, masticadora de sílabas, de algún orador del norte que ponga a la consideración de los señores diplomáticos, apenas despertados, una pequeña cuestión:
    Estados Unidos pregunta a ustedes si están conformes en recibir el servicio de que tome posesión de sus puntos estratégicos para, sacrificándose por ustedes, respaldar su preciosa independencia…

2. Por qué Mr. Hull no asiste

    Durantes esos tres años de guerra, hemos notado un hecho que no es muy simpático, realmente. Pondremos ejemplos, y así se verá mejor a qué aludimos. Se referirán solo a cosas de los pueblos de habla inglesa, porque la realidad objetiva nos dice que son los representantes de esa raza, ahora, los que acaparan lo que queremos notar.