Inglaterra 42
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Inglaterra 42
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Churchill retorna a Londres La SI 24/01/42 p. 7
El fracaso de los laboristas imperialistas La SI 24/01/42 p. 7-8
Wheeler felicita a Churchill La SI 24/01/42 p. 8
Gran Bretaña en perpetua crisis política. Las frecuentes crisis británicas La SI 07/03/42 p. 3-5
La mordaza en Gran Bretaña La SI 04/04/42 p. 4-6
Rarezas de la Pseudodemocracia La SI 25/04/42 p. 5-6
Crisis interior en Gran Bretaña. El frente interior británico La SI 06/06/42 p. 7-8
La mentira social en Gran Bretaña. El régimen social inglés La SI 03/10/42 p. 7
Dictaduras aliadas La SI 17/10/42 p. 4-5



Churchill retorna a Londres
La SI 24/01/42 p. 7

    Uno de los sucesos de mayor trascendencia de estos tiempos habrá sido, sin duda alguna, el largo y silencioso viaje realizado por el Jefe del Gobierno británico a Washington, mientras, paralelamente, Mr. Eden emprendía otro a Rusia.
    Era la visita “ad limina” para recibir órdenes, al mismo tiempo que suplicar ayuda efectiva. Todo se paliaba con el nombre “Conferencia para la Unidad de Comando”. No se lograba ni había para qué. No se trataba de esto, sino de ver cómo era posible que los británicos, cuyo poder de ataque y resistencia era pura palabrería, recibirían ahora plena ayuda norteamericana y rusa.
    Hay un hecho en la vida de Gran Bretaña que es capital, y, sin embargo, las historias, que son una sucesión de verdades aderezadas con otra sucesión de mentiras, no nos lo apuntan siquiera. Consiste en esto: “los otros”. Dos palabras que estamos ya acostumbrados a aplicar a las peleas bélicas, pero que en Gran Bretaña tienen una aplicación mucho más amplia.
    Desde los tiempos de Isabel, hija de Enrique el Gordo, Gran Bretaña ha ido organizando sus negocios estilo Drake. El mundo ha leído mucho de se pirata y de otros piratas, pero generalmente se pasa por alto un dato interesante: en esos barcos piratas no iban más ingleses que el capitán y algunos oficiales, es decir, los planeadores y los usufructuadotes. Los realizadores –con palabra menos culta: los trabajadores- era generalmente gentes de otras razas: chinos, malasios, normandos, griegos, africanos. Si había algún inglés, era de los que no podían por algún motivo de justicia volver a sus lares.
    Así fue cimentándose, a través de los siglos, y con una tradición cada día más firme, la economía británica. Para los romanos, quien no era de su raza era una bár-bar-o, es decir, un ente sin más derecho que el deber de trabajar para los romanos. El romano incluía en una sola palabra –bárbaro- todas “las otras” razas. Ha sido el pueblo británico el que, en los tiempos modernos, ha sabido heredar aquella tradición, encontrando incluso el vocablo general que incluye a todas “las otras” razas: los “native”.
    En la India y sus inmensas posesiones los nativos trabajan desde siglos y los amos se llevan las ganancias. En Málaca los amos emplean más de cien millones de libras plantando cauchos y arañando estaños, pero son los pequeños malasios los que han de realizar las faenas, los cuerpos desnudos bajo el sol ecuatorial. En Egipto se centran doscientos hombres rubios procedentes de la lejana Albión. Y surgen pronto los algodonales inmensos del Sudán. Pero son los negros gigantes del alto Nilo los que han de transpirar las libras abundosas del oro blanco sudanés, en perjuicio de los primos norteamericanos del bajo Missisippi, para los cuales trabajan 14 millones de negros ex africanos. Construyen los británicos miles y miles de buques comerciales, que se adueñan de todas las rutas de los mares. Y nadie sabe este dato: constituyen las tripulaciones más de 300.000 marineros, y de ellos menos de 20.000 son británicos. Chinos y japoneses, filipinos y malásicos, negros y árabes, griegos y turcos, todas las razas de la tierra, comprendidas todas dentro de la eficaz y despreciable palabra –native- son los que realizan el trabajo para los inteligentes ciudadanos de la City y sus aledaños isleños.
    Parece mentira que un tan sabio procedimiento haya podido durar cerca de 400 años. Ello prueba que la raza británica llegaba a un alto grado de estrategia económica. Virgilio escribía el  “sic vos, non vobis” para los romanos de la ya iniciada decadencia. El lema viene plantado para los británicos, y él debería ser clavado en grandes letras doradas en la Trafalgar Square y en letras bien negras sobre los interminables docks londinenses.
    Al aplicar esta regla a la guerra, Gran Bretaña se había acostumbrado a organizar guerras para su propio provecho, y que “los otros” se las pelearan quijotescamente. Y ha sido, porque se ha iniciado el derrumbe de este hecho secular, la causa de haber ido Mr. Churchill a Washington y Mr. Eden a Moscú. Rusia, cuya gesta heroica nadie negaría hace poco, ha de imponerse un sacrificio mayor para el éxito de Gran Bretaña. Esta trabajará tranquilamente en su casa produciendo material; pero este material han de hacerlo funcionar, todavía con mayor empuje, millones de rusos, entusiastas hasta el sacrificio. Estados Unidos ha de hacer más. ¿Por qué no manda soldados al Asia oriental, y también a Gran Bretaña? No tenía esta, acostumbrada a que peleasen “los otros” para ella y en un solo campo, como organizar ahora la resistencia,