Martinica 42
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Martinica 42
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Los yanquis huelen el oro francés. La Martinica tiene oro La SI 07/03/42 p. 7-8

Los yanquis huelen el oro francés. La Martinica tiene oro
La SI 07/03/42 p. 7-8


    Desde hace tres semanas, los periódicos norteamericanos, respaldados por algunos hombres públicos del país, están buscándoles las cosquillas a esa pobre Francia del ocaso republicano “affairista”.
    Comenzaban por si los recursos llegados al general Rommel habían pasado de Sicilia a Túnez y de ahí entrado en la colonia italiana. Siguieron por la escapada de un acorazado francés del África a Tolón. Continuaban ahora alrededor de si los submarinos alemanes que han hundido 600.000 toneladas en 9 semanas, se aprovisionan en las pequeñas islas que Francia posee en el grupo de las pequeñas Antillas: La Martinica, Guadalupe y María Galante.
    Se trataría de tres islitas –con otros tantos islotes inhabitados- de tan escasa importancia económica como estratégica. Nada producen a Francia en sentido material, que compense los cuidados metropolitanos sobre ella. Estratégicamente carece de todo valor, desde que la cadena de más de cien islas, situadas tocando varias de ellas a las francesas y rodeándolas, anulan completamente la posible acción de esas islitas.
    ¿Qué pueden influir esas islas en la seguridad americana? Absolutamente nada. Basta echar una ojeada inteligente sobre esa región marítima (mapa 5) para que se comprenda perfectamente que ni la Francia lejana que posee estas islas, ni los norteamericanos que las están rondando pueden sacar de ellas la menor ventaja bélica.
    La prensa norteamericana, que ha desencadenado una tempestad acerca de la posibilidad de que los submarinos alemanes se nutren de aceite en esas islas, ha dado muestra, una vez más, de su escasa capacidad en comprender los problemas. Además, Mr. Summer Wells ha tenido la lealtad de declarar que esas islas francesas están vigiladas totalmente y que nada podrían hacer en ellas los sumergibles germanos.
    ¿A qué, por tanto, ese barullo aparentemente sin objetivo? ¿A qué esa vigilancia de que habla el subsecretario de Estado norteamericano, que comenzaba en el mismo instante en que Francia caía víctima de la derrota?
    Es que hay aquí un misterio que mueve tantas cosas al parecer absurdas. No es, solo, el norteamericano que vigila alrededor, por medio de varios buques y aviones. Es el gallo francés que está también vigilante, sin parar un solo instante en su tarea. De día, patrulleros franceses rondan  gallardamente la Martinica, galgos de mar que están oteando algo. Cuando, al atardecer, las sombras cuelgan de las nubes y en el cielo van floreciendo las estrellas, calladamente aumentan los guardianes que olfatean, numerosos buques que no llevan los rumbos de las largas travesías, sino las sinuosas búsquedas de algo que se espera que aparezca siniestramente en algún rincón de esa isla encantada.
    Un día –una noche- cuando el cuervo de la derrota batía sus alas negras sobre la Francia, el Gobierno incapaz hizo esfuerzos notables para sacar las barras de oro de la nación. Dos ministros pudieron poner mano en él y agarrar unas barras. Lo principal se cargaba sigilosamente en un buque rápido en Tolón, tomando el rumbo de América.
    Era el oro de Francia.
    Esos políticos de los incontables “affaires” olían algo. Algo evidentemente substancioso. Veían la caída. Estaban ya ellos arrancando. Y ese oro de Francia (más de mil millones de francos en metal amarillo) recibe orden de dirigirse ¿a las islas francesas de América? No. al Canadá, al extranjero, a donde se arrancaban esos inteligentes y sucios políticos.
    Afortunadamente, el derrumbe fue más rápido de lo que andan los buques. Al llegar al Canadá el vapor con su preciosa carga, acababa de recibir órdenes del nuevo gobernante francés, mariscal Petain, de no anclar allá, sino de dirigirse a la Martinica, y allí esperar instrucciones. Fueron en vano las cacerías que organizaron para capturarlo numerosas formaciones canadienses y británicas, que estaban instruidas por los patriotas que así traicionaban a su patria. El buque y el oro llegaban a la isla francesa, sin ser atrapados por ávidos dueños del mundo.
    Queda, por lo mismo, todo explicado. La Martinica no es la Martinica, sino una montaña de oro francés, que vendría muy bien en las arcas, que se vacían ahora demasiado