India 42
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India 42
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La India despierta La SI 21/03/42 p. 1-5
Los aliados contra la India. Sangre en la India La SI 15/08/42 p. 5-8
India. Rica y hambrienta. El contrasentido hindú La SI 22/08/42 p. 1-4
El terror democrático en la India La SI 29/08/42 p. 6-7

La mentira alrededor de la India  La SI 19/09/42 p. 19
Mr. Churchill y la democracia en la India La SI 26/09/42 p. 5-6
Otros mil muertos en la India. Muertos por centenares. La SI 10/10/42 p. 7

La India despierta
La SI 21/03/42 p. 1-5


    …Y henos aquí ya, hecho realidad, algo que parecía un sueño, y aún una gesta imposible. ¿Quién habría podido entrever, ni siquiera como remota posibilidad, las trompas guerreras resonando estridentemente al pie de las murallas milenarias de ese pueblo elefantiásico? Se admitía, que, como corolario natural de la caída de un Imperio –porque fatalmente el Imperio británico, como tocó a los demás un día, ha de caer ahora- el problema hindú apareciera sobre el tapete y hubiese necesidad de resolverlo bien que mal. Más ¿quién habría sospechado, por larga que su imaginación hubiese sido, que los tambores resonarían en son de guerra sobre las aguas del Brahamaputra y que mil cañones vendrían a dar golpes en las fronteras, poniendo a ese pueblo pintoresco en la necesidad de decidirse?
    Y ahí estamos. La ocasión propicia dando fuertes aldabonazos sobre puertas milenarias. Un enorme pueblo de 380 millones de almas vivas despertando de un letargo. Gran Bretaña temblando al pie del gigante. Y el mundo entero hundiendo la curiosa nariz sobre estos acontecimientos, aspirando golosamente a presenciar uno de los grandes cataclismos sociales de la historia.
    ¿Qué va a pasar en la India en los próximos 9 meses? Preparémonos a gozar de todo el encanto de una gigantesca aventura.

    a) No es la hindú una raza que pasó sin dejar huellas por los caminos de la historia.
    Ese pueblo que muchos llaman pacífico, ha sido, en las remotas lejanías, uno de los más belicosos de la tierra. Largas guerras mecieron la cuna de esas razas, ya en los antiguos tiempos muy prolíficas. Guerras que, por lo mismo –y contrariamente a las más conocidas de las razas occidentales- tenían lugar entre grandes razas y en el seno de una naturaleza exuberantemente pródiga. Famosos poemas han perpetuado en la leyenda los ecos de esas guerras sangrientas, que vienen a ser como los sacudimientos y vaivenes que preceden al asentamiento de las razas. Y todavía ocupan uno de los primeros lugares de la literatura universal esas epopeyas, tras las cuales, después de siglos de luchar, esas razas quedaron sólidamente asentadas.
    Pueblo, desde entonces, dado a toda suerte de especulaciones de la ciencia. Ellos inventaban esa maravilla del sistema decimal, cuya sabiduría sencilla admira  a cuantos saben ahondar en las cosas. Ellos echaban los cimientos de una honda y sólida filosofía, que,  atravesando luego lentamente pueblos y fronteras, llegaba a la Grecia y tomaba forma en las múltiples escuelas que una historia manca nos ha mostrado como fruto de los sabios helenos. Ella llevaba la dramaturgia a conclusiones literarias que han sido, luego, la base del teatro, desde Esquilo a Bernard Shaw. Ellos especularon cerebralmente sobre la Ética, elevando a ciencia la consideración de aquellos preceptos fundamentales que el hombre lleva naturalmente escritos en el corazón. Ellos cultivaron hasta extremos que no fueron superados durante tres mil años  los hechos astronómicos, a base de las altas matemáticas. Ellos creaban la Gramática científica a base de una las lenguas más sabias de la tierra (verdadero monumento elevado al refinamiento lógico más depurado), con conclusiones hoy apenas superadas. Ellos ahondaban en lo subconsciente, y en lo inconsciente y en lo hondo de lo subconsciente, creando como un “mester” y un oficio la meditación, el sueño misterioso y los fenómenos de los sentidos a la orden del espíritu. Ellos, después de sus accesos bélicos, y su gustar goloso de las elucubraciones espirituales, caían en la engañosa ilusión de que el mundo podía ser un oasis de paz, hundiéndose cada uno en la dulce creencia de que el hombre es manso cordero para el hombre, no metiéndose con uno los demás si uno no se metía con ellos.
    Pero, los siglos andando, esa faceta maravillosa de esas razas calladas y contentas venía a modificarse en parte por las influencias islámicas, que arraigaban en una quinta parte de esa población, tan densa. Y surgían de ahí los Sultanatos, y, a su alrededor, un pueblo que, si no abandonaba del todo la meditación y el pensar, lo mezclaba fuertemente con aquel cúmulo de delicias con que se esfuerza el Corán en rodear aquí y allá la vida de sus creyentes. De ahí las Cortes suntuosas de las Mil y una Noche, con sus reyezuelos omnipotentes, sus palpitantes harenes de las mil doncellas polirázicas, sus fiestas llevadas a los extremos del jolgorio y el fausto. De ahí las Cortes de los millones de diamantes, de las espléndidas obras de artes, de las