Argentina 42
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Argentina 42
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Marcelo de Alvear ha muerto La SI 28/03/42 p. 5-7
Habla el Presidente Castillo. Argentina y Bolivia se acercan La SI 29/09/42 p. 6


Marcelo de Alvear ha muerto
La SI 28/03/42 p. 5-7


    Acaba de morir en la República hermana uno de los personajes más nombrados en estos últimos años, acerca del cual se han desflorado rosas y coronas. No parece sino que la muerte cierra las bocas, y que la crítica se torna vez más bobalicona y torpe. El advenimiento de Marcelo Alvear a los altos puestos de la política argentina y su actuación pueden ser fecunda lección de cosas, de la cual pueden aprovechar igualmente otros países.
    Argentina fue gobernada, hasta alrededor de 1910, por los partidos tradicionales que eran comunes  en toda la América. Minorías más o menos aptas, generalmente patriotas en el sentido de que la patria eran los intereses privados de esas minorías. Hombres, por lo demás, de buen sentido y generalmente limpios en relación  con todas aquellas cosas y “negocios” que después han dado fama a grupos posteriores. Una dictadura paternal de algunas familias acomodadas, que fue debelada democráticamente por el naciente Partido Radical a principios de este siglo.
    Al decir Partido Radical ha de insistirse en el carácter netamente argentino de esa agrupación. En la mayor parte de países americanos, que vivían políticamente a tenor de la política francesa, el Partido Radical se caracterizaba, como cualidad primera, por su tendencia anti-religiosa, muchas veces llevada a los extremos de una anticuada ideología y una insensata persecución de ideas y personas.  Un radical francés había de ser forzosamente ateo y anticlerical, en los mismos instantes en que la Sorbona y el Colegio de Francia habían ya aventado las mismas cenizas del ateísmo. Había de ser esencialmente perseguidor  del pensamiento y de las personas en honor y gloria de sus principios democráticos. Por ejemplo, él había mantenido en el ejército a generales que eran fusilados a los ocho días de la gran guerra en Alsacia como cobardes y traidores,  y había separado del ejército –porque iban a misa- a los Foch, los Petain, los Gorraud, los Pau, en suma, los que ganaban la guerra para Francia.
    El Partido Radical argentino nada tenía que ver con todo esto. Sus fundadores eran demócratas de verdad. Su personalidad máxima, Irigoyen, frecuentaba los templos a la luz del día. El mismo Alvear se arrodillaba al pie del confesionario.
    Sería difícil definir, ya aquí, lo que era el Partido Radical argentino. En su génesis, había nacido para acabar con la dictadura de las familias adineradas e iniciar la democracia por medio del sufragio universal, aunque relativo, porque lo restringía a los alfabetos y al hombre, excluyendo a dos terceras partes de los ciudadanos. En su Programa no había nada caracterizante, como no fuesen los principios generales de Progreso, Orden y demás palabras más o menos sonoras, pocas veces eficaces. En la realidad, el Partido Radical fue el instrumento de Gobierno que elevó a la Argentina a la categoría de primera potencia de América.
    Tuvo la suerte este partido –y cualquiera otro en su lugar la habría tenido igual- de subir al poder en los mismos instantes en que cien causas a la vez empujaban a la economía argentina a cifras fantásticamente favorables. Influían mucho la gran guerra y la energía de Irigoyen en mantener una neutralidad que fue instrumento para los más grandes negocios. Una era de prosperidad se iniciaba, que también coincidía con las puertas abiertas a toda clase de inmigración, que doblaba en pocos años el número de los habitantes. Al empuje inicial de la guerra y del sexteto de sus productos exportadores (trigo, lino, lana, carne, maíz, frutas), Argentina nadaba sobre un mar de dinero, que no solo formaba ingentes fortunas, sino que elevaba a la clase trabajadora a un plano de prosperidad que todavía ahora no ha registrado otra República americana, ni aún Estados Unidos.
    La consecuencia mala de esa general prosperidad es casi siempre y en todas partes la misma: una frondosidad burocrática que no daña las fuentes de la economía, porque hay para todos, pero que gangrena poco a poco la moral pública, especialmente la política, que se convierte en cueva de avideces y punto de cita de todas las parentelas: la sanguínea, la ideológica, la de las amistad y la asambleística.
    Así, mientras la Argentina florecía en toda clase de riquezas, el poder público se convertía en eje de granjerías y la burocracia devenía rebaño de logreros y aprovechados. Irigoyen, uno de los más fecundos gobernantes que ha tenido la América de los tiempos recientes, lo elevaba todo, menos la pequeña política y la burocracia que cada día se mostraban