Estados Unidos 42
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Estados Unidos 42
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Hollywood está anémica La SI 11/04/42 p. 7-8
La máquina burocrática en EE. UU. El pulpo burocrático en EE. UU La SI 01/08/42 p. 8-9
Listas Negras La SI 08/08/42 p. 9
Mr. Roosevelt prepara las elecciones La SI 29/08/42 p. 7
Las cosas de Sumner Welles La SI 17/10/42 p. 1-4
Mr. Roosevelt, mago electoral La SI 31/10/42 p. 7

Hollywood está anémica
La SI 11/04/7-8


    La gran ciudad de las bambalinas y el arte está alarmada. El gobierno norteamericano está financiando numerosas películas, porque no rinde el público para pagarlas. Los sueldos opíparos de los actores y actrices han sido tan rebajados, que muchos han emigrado ya de ese centro de cosas raras que era Hollywood. Los grandes accionistas del negocio –porque el arte se había convertido en negocio- miran hacia todos los puntos cardinales para ver en qué va a parar todo esto. y corren por todos lados malos vientos por esas zonas carnavalescas de Los Angeles.
    Es que la guerra se ha metido cuan negra es por esos andurriales del cinema, y no todo es oro para los aliados. Muchos piensan qué terribles cosas han de ser para Estados Unidos, por ejemplo, su derrota de Pearl Harbour y su eliminación del mar del sud asiático. Pero lo más terrible no son las derrotas mismas, sino las consecuencias que traen entre sus pliegues ensangrentados.
    Se había ya conformado Estados Unidos a que no podía vender, en el entretanto, a los pueblos de Europa, a causa de la dominación germana sobre aquel continente. Pero ¿quién había de soñar siquiera –esta reflexión no la habría hecho un lógico, sino el Presidente Roosevelt- en que pasaría lo mismo en las zonas más pobladas del Asia, perdiendo en el entretanto el comercio chino, el comercio filipino, el comercio japonés, el comercio de todas las Indias orientales?
    El cine es un aspecto de ese comercio. El cine norteamericano tenía los siguientes clientes, contando los millones de países amantes de ese arte: En

Europa ocupada            440
Asia ocupada                380
Clientes perdidos          820
                                       
América                       260
Europa aliada               102
Clientes que quedan      362

El cine norteamericano ha perdido bastante más de dos terceras partes de su clientela en el mundo. Le han cerrado sus puertas hasta los países neutrales europeos, cada uno por distintos motivos. Lo que quiere decir esa pérdida de dos terceras partes de la población espectadora mundial es imaginable.
    No hay mal que por bien no venga.  Era una inmoralidad en el terreno social el solo hecho de aquellos enormes sueldos por trabajos tantas veces discutibles. Pero, por encima de esto, era una influencia funesta la que realizaba ese cinema en las almas de las multitudes mundiales. Por una activa campaña del clero norteamericano, ese cine se salía de la zona de inmoralidad que había sido el terreno propio de tantas películas. Y caía si hemos de expresarnos con palabras de un psicólogo moderno- en un terreno peor: el de la sonsear y la cuasi imbecilidad: porque, si un mal intencionado tiene enmienda en el instante mismo en que vea que no les es conveniente ser malo, un imbecilizado no tiene remedio posible. El arte cinematográfico norteamericano cuenta con algunas cumbres. La inmensa generalidad pertenece al grupo de las mediocridades y hacedoras de mediocridades entre sus frecuentadores.
    En estos días se está realizando en Europa un Congreso de Cinematografía. Y las bases sobre las cuales se ha convocado esta reunión tienen aspectos nuevos, que, si llegan a conclusiones, valdrá la pena de comentarlas. La pérdida de dos tercios de los mercados y el empuje con que surge en estos instantes la cinematografía europea serán causas, probablemente, para que el cinema norteamericano entre en razón, no se crea el amo del mundo y deje de ser instrumento de mediocrización de las masas, ya harto mediocrizadas  por el periódico usual
    Los mismos norteamericanos han de hacer conciencia de lo que puede y de lo que no puede el cinema. En una crónica de un escritor norteamericano sobre los orígenes de la guerra con Japón, se hace esta afirmación, que delata mucha ingenuidad de una parte, pero por otra mucha lealtad a los hechos vivos: “En Estados Unidos nunca habíamos creído que el Japón