Guerra 1939 42 05 02
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El arsenal está vacío. El arsenal en potencia La SI 02/05/42 p. 1-4
La India desmiente La SI 02/05/42 p. 4-5
Estados Unidos se apoderan de Nueva Caledonia. La guerra en OrienteLa SI 02/05/42 p. 5-6
Lord Beaverbrook ante el 2º Frente nonato. Lord Beaverbrook alborota el gallinero La SI 02/05/42 p. 6-7
Mr. Churchill en los Archivos La SI 02/05/42 p. 8

El arsenal está vacío. El arsenal en potencia
La SI 02/05/42 p. 1-4
 - ¡Eureka!
 Así debía exclamar un buen día el Presidente norteamericano, cuando –abrumado por los once millones de desocupados que le quedaban después de haber ocupado 8 millones tras los más loables esfuerzos- daba con un camino para proporcionar trabajo a todos. Habían sido largas las veladas en que, meditando sobre la manera de dar de comer a tantos hogares hambrientos, no vislumbraba en parte alguna un rayo de luz, aunque solo fuese muy tenue. Cuando, tras tanto desvelo, le aparecía una posible solución, había de ser inmensa la alegría del eminente primer ciudadano de la gran República norteña.
 Confesemos que había de ser difícil un problema vivo de tan terribles consecuencias como era el hambre de unas masas tan enormes. La solución entrevista por el gobernante constaba de numerosos factores, por tratarse de una ecuación viva tan compleja. Pero los factores esenciales eran solamente dos, que podían ser resumidos en dos letras: G x A. es decir, Guerra y Arsenal en pleno maridaje.
 ¿Cómo una cosa tan sencilla no había sido antes sospechada? ¡Pequeña cosa que es ese diminuto cerebro humano!  El remedio estaba a dos dedos de la mano y no lo avizorábamos. Guerra, es decir, pueblos contra pueblos lanzados al campo de batalla, sin tiempo para trabajar, mientras se rompen mutuamente las costillas los unos a los otros. Arsenal, esto es, montañas de armamentos, materias primas y alimentos para los que peleen; trabajo abundoso para esos rebaños escuálidos de norteamericanos desocupados.
 La fórmula había sido hallada. Con ella en los recónditos bolsillos, marchaban calladamente, el Santo y Seña maravilloso a punto de hacer el milagro, los embajadores norteamericanos hacia París, Londres y Varsovia. Tras ellos, una pléyade de pequeños “missi dominici”, dispuestos a enredar a esos viejos europeos que chocheaban sus odios por las encrucijadas limítrofes. Y cada Comunicado diplomático que llegaba a Washington, rubricado por Bullit y Cia. Era un nuevo alegrón para ese pobre pueblo estadounidense que no sabía como arreglárselas para tener trabajo, ni que fuese ejerciendo de enterradores.
 Y fue entonces cuando el Presidente Roosevelt –con todo el coro circundante, al frente de todos el “Brain’s Club”- comenzaba a poner en todos los compases las dos mágicas palabras, aderezadas con una nueva, que servía de liga o cola: Democracia, Guerra, Arsenal.
 Había, en el círculo rooseveltiano, algunos que temblaban por pequeños temores. Harry Hopkins, por ejemplo, corazón tierno y un si es no es escrupuloso, no las tenía todas con el remedio. ¿Podremos hablar de Democracia con una Polonia ultradictatorial y con una Francia intervenida por Estados Unidos y a las órdenes de Gran Bretaña? ¿Creerán los pueblos que hay relación natural entre una Democracia que hay que defender a todo trance aunque no exista, y una Guerra que les costaría tragedias sin número?
 Pero ese niño de Hopkins ha sido siempre un ingenuo. Y así es cómo la guerra era engendrada en el vientre fecundo de las minorías gobernantes europeas; y cómo, a los tantos meses de incubación, surgía con toda la fuerza de algo que ha sido bien fecundado.
 En otras ocasiones hemos hablado largo de la teoría británica del “As Usual”. Los franceses y los polacos se las entenderán con los alemanes. Y nosotros, los británicos, trabajaremos como de costumbre –as usual- no solo para nosotros, sino también para servir los mercados hasta aquí alemanes y para fabricar material de guerra para esos benditos franceses y polacos que valientemente, heroicamente, epopéyicamente se batirán por nosotros.
 Pues bien, los ingleses no sospechaban algo verdaderamente terrible: que sus primos, los amables norteamericanos, no solo pensaban exactamente lo mismo, sino que tenían más derecho que ellos a ensangrentar la tierra y cobrar su precio. Gran Bretaña tenía apenas dos y medio millones de desocupados. EE. UU once y medio. Gran Bretaña no tenía oro en huelga. EE. UU centenares de millones.
 De ahí surgía una lucha, aunque en la trastienda, peleándose ambos pueblos  para hacerse suya la leve frase “as usual”. Habría durado mucho esa lucha sin decidirse, si no la hubieran cortado los alemanes al arrollar a Polonia en 21 días y a Holanda, Francia y Bélgica en unas pocas semanas. Gran Bretaña ya no podía contar con “los otros” al menos en cuanto a