Perú 42
Índice del Artículo
Perú 42
Página 2
Página 3
Página 4
El Presidente Prado estuvo “ad limina” La SI 23/05/42 p. 3-5

El Presidente Prado estuvo “ad limina”
La SI 23/05/42 p. 3-5


    a) Ahí viene. A bordo de una amabilísimo avión norteamericano, después de un viaje destilando miles continuamente  vuelve a Estados Unidos el Presidente del Perú, agasajado hasta la coronilla por todos, del Presidente Roosevelt para abajo.
    Tengo a la vista una fotografía que ha circulado por toda América la propaganda de Washington. Es un ejemplo perfecto de “pose”, que haría reír a un poste, si asuntos graves no se escondiesen debajo de esa fotografía campesina. Es el instante en que el Presidente Roosevelt, que acudía al aeródromo para recibir a Prado, le da la mano afectuosamente. El fotógrafo es un tiuque procede de alguna aldea de Texas. La cualidad capital de una foto es la naturalidad. Cuando se saluda, y por vez primera ¿puede darse el caso de que los que se saludan no estén uno de cara al otro, sino que, al darse la mano, miran al público? Así es esa foto, que merece ser archivada, porque delata toda la ingenuidad que rodea al Gobierno norteamericano en esa campaña para la conquista cordial de estas Américas. El fotógrafo dirigiría a los retratables la consabida advertencia de cuando retrataba a dos novios en un suburbio de Nueva Orleáns.: “¡Mire el objetivo! ¡Sonría! ¡Piense en algo agradable!”.  Y así salía la cosa. Que muestra un montón de características de esa visita, copia feliz de otras varias realizadas –claro que por Presidentes centroamericanos del Caribe- durante estos últimos años.
    Pero el Presidente Prado no viene contento. Y nos atreveríamos a adivinar por qué.
    Primero, porque a un caballero –y el Presidente del Perú lo es nato- le molesta enormemente la mantecosidad. En Washington no distinguen. Claro que con la mejor intención, pero no distinguen. Hay cosas que están como clavadas para recibir a un Presidente centroamericano, porque aquello es Centro América con sus especiales condiciones: temperamento tropical, inclinación a la afectuosidad improvisada, creencia en aquella superstición sobre el enorme poder de Estados Unidos, tendencia a la pavosidad: una pila de circunstancias y maneras de ser que caen gratas sobre un visitante de esos paralelos geográficos y espirituales. Confundir las cosas y pensar que el Perú está en esos paralelos, solo se concibe en un medio en que se confunde a un gobernador de la Martinico con un Presidente de Francia. Todo, hasta la afabilidad, tiene sus medidas. Y sabe todo buen cocinero que es lo mejor lo que exige más medida, no tolerando un estómago distinguido la superabundancia del buen aceite o de la mantequilla extra.
    Ese defecto norteamericano –quiero decir: de los que manejan los negocios políticos norteamericanos es causa de efectos contraproducentes para ellos. Un Presidente que retorna a Ciudad Trujillo puede llegar orondo e hinchado, completamente feliz tras esas melosidades que traspasan aquella línea tras la cual –en opinión de Alfonso Karr- se inicia el mareo, padre del hastío y abuelo de la animadversión. Ese gentleman ingeniero y elegante banquero que es Prado está en las antípodas de esa situación.
    En estas columnas, durante largos años, las buenas cualidades del Presidente norteamericano han sido debidamente, justamente, ensalzadas. Por esto podemos señalar con el índice y sin miedo a injusticias, sus defectos, aunque le duela a un Presidente  que tiene mucho de la ingenuidad de los niños. Uno de esos defectos es la manía de ser considerado. Una especie de vanidad –que no llega a orgullo- en el sentido de ser aplaudido, hurtando el cuerpo a toda crítica enemiga. Como buen niño, el Presidente es egocéntrico, todo alrededor de él –en sus círculos cercanos y también en los círculos lejanos- dando vueltas alrededor de su pensamiento.
    Desde su primera Presidencia, ha tenido Roosevelt la idea (por lo demás muy comprensible y desde su punto de vista muy loable) de que Norte América ha de dominar el continente y ser él quien realice ese sueño nacional. Cuando, después, se convencía de que, sin ese dominio no podía salvarse la economía norteamericana que necesitaba de esos mercados, a ese ensueño de grandeza se unían motivos económicos exigentes. Y lo que podía ser considerado, al principio, como capricho loable, devenía necesidad nacional norteamericana, que debía ser satisfecha sin excusas.
    De ahí que, entre los mil medios pensados por Roosevelt y su “brain’s trust” para atraer a estos países, contase demasiado infantilmente con halagar superabundosamente a sus gobernantes, aunque fuese con medidas desacompasadas, y, por lo mismo, caricaturescas. Mr