México 42
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México entraría en la guerra. México declara la guerra al Eje. La SI 30/05/42 p. 6-7

México entraría en la guerra. México declara la guerra al Eje.
La SI 30/05/42 p. 6-7


    En Estados Unidos la actividad diplomática, tanto en el frente interior como el exterior, está tomando en estos instantes un volumen considerable. Y hay motivos para ello ciertamente. La guerra ha embocado caminos con los cuales jamás habría siquiera soñado, el fuerte grupo rooseveltiano que lleva las riendas de los negocios públicos. Se ha venido al suelo aquel optimismo que se cimentaba sobre una guerra exclusivamente atlántica, el Japón de rodillas sobre los marmóreos peldaños de la Casa Blanca. Y ese cambio de decoración ha hecho necesario el cambio de todo de todo el que con ella se relaciona.
    En estos instantes se ha agravado tanto el problema norteamericano, que ni aún después de Pearl Harbour se había creído posible que las cosas llegasen al extremo que alcanzan actualmente. Tres catástrofes marinas (Hawai, Java, Coral) han hundido lo mejor de la flota del Pacífico. En el Atlántico no ha sido la flota de guerra, sino la flota comercial la que ha llevado la peor parte. Y Estados Unidos como todos los pueblos del X1X de índole plutocrática, siempre había cimentado su economía en Coloniaje y Transportes.
    La audacia de los submarinos del Eje, que pululan por el Atlántico, no reconoce ya límites. Por tres veces han entrado en el estero del río San Lorenzo, hundiendo a grandes buques canadienses a la faz de las tres grandes ciudades de aquel país: Québec, Ottawa, Monreal (mapa 5).  Un submarino ha podido entrar en el puerto de Nueva Cork y sacar fotografías de sus dársenas. Pasan de un millón las toneladas hundidas en las costas norteamericanas. Las marinas de los países que han roto con el Eje ven raleadas día a día sus escasas toneladas. Y, para peor, en el frente interior norteamericano pasan cosas que deben ser tan graves, que el ministro Knox ha tenido que avisar a las autoridades y a la prensa que “es necesario organizar el entusiasmo popular porque él no existe”.
    Esta situación ha demandado medidas. Nos concretamos a unas pocas, que han ocupado en estos días espacio en las informaciones llegadas de Washington.
    
    a) Una sola, referente a ese frente interior, que parece vacilar.
    El Presidente ha tenido siempre especial interés en favorecer a los agricultores norteamericanos. En su favor se han tomado medidas tan radicales, que en solo la Administración de Roosevelt se han votado más allá de cuatro mil millones de dólares para auxiliar a esa agricultura. Y hay que advertir algo, si la malicia electoralista echa sobre esas subvenciones una sombra de cohecho.
    La agricultura yanqui ha sido, durante decenas de años, la víctima abandonada del Este industrial norteamericano, así como de los gobiernos que eran hechura “democrática” de esos industriales de la Wall Street y de sus supermillones. Quien quiera conocer la tragedia de esa agricultura, presa de una industria inmoral en manos de unos pocos pulpos, lea el libro del actual vicepresidente norteamericano, H. Wallace, que trata sobre la materia. Es un volumen de interés, acerca del cual no pueden hacerse más que alabanzas. Wallace, además, es hijo de agricultor y activo y sabio agricultor él. Conoce el problema. Los cultores de la tierra eran los parias del país. Los gobiernos solo obedecían órdenes del industrialismo. No cuidaban siquiera de lo más elemental, por ejemplo ese lavado de tierras que han hecho lluvias, vientos e inundaciones durante centurias, sin que esos progresivos gobernantes moviesen un dedo para impedirlo. Así es como ahora la tercera parte del país es absolutamente estéril.
    En principio nada hay que decir de esa política agrarista del Presidente Roosevelt y su círculo. Con ella atendía una de las necesidades más capitales del país. Porque se daba el caso grave de una deserción tal del campo por parte de familias tradicionalmente agrícolas, que solo en los años de la primera presidencia rooseveltiana emigraron de la tierra hacia la hediondez de las grandes ciudades más de un millón de pequeños agricultores. El problema del absentismo agrario es muy grave en toda la América. En Estados Unidos constituía uno de los cuatro grandes problemas del país. Y cuando Mr. Roosevelt lo atacaba con medidas radicales, no hacía más que servir con ojo clínico y recio dinamismo el interés nacional.
    La crítica –en Estados Unidos millonadas de electores están contra el Presidente- se había cebado, pero sin razón, sobre ese filoagrarismo rooseveltiano. Sus enemigos querían