EDU en La SI Otros 42 06
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Destellos de helenismo en  el Incaismo Pastor Valencia Cabrera La SI 13/06/42  p. 7

Destellos de helenismo en  el Incaismo
Pastor Valencia Cabrera
La SI 13/06/42  p. 7


    
    Y no hay por qué admirarse por ello, por raro y extraño que parezca el simple enunciado. La luz esplendorosa de los conceptos generales está desparramada en el Universo, de la misma manera que la luz cotidiana del Sol, que lo calienta y vivifica: es el foco del eterno Saber, que irradia con resplandecencias perceptibles más en unos que en otros pueblos, según que abrieron o cerraron más o menos los ojos a las ráfagas espirituales que cruzan por el mundo de las almas, semejantes a las ondas de la alta música contenidas en la rotación secular de los astros dentro de sus órbitas matemáticamente señaladas, semejantes al torrente incontenible de los ruidos y voces entrañados en la misma ordinaria atmósfera que respiramos, y de cuya undosa y sonora realidad prueba palmaria las maravillas que, aún de puntos lejanísimos del globo terráqueo, se escuchan por radio. Pues el perfeccionamiento de esta es una revelación material, si cabe decirse así, de la existencia de esa mística oculta en el ambiente mismo, de que hacen referencia las llamadas cabalmente ciencias ocultas, principiando desde la adivinación propiamente dicha, la cábala, la astrología y la nigromancia en la Edad Media, hasta el espiritismo y la magia blanca y negra en los tiempos modernos.
    Entre los quechuas a los adivinos llamaban “yachajcunas”, esto es, traducido literalmente, los que saben; pero que, tomado en sentido propio del quechua, quiere decir los que predicen el porvenir. Un “yachajcuna” fue, pues, el augur imperial que, en presencia de la corte del Cuzco, predijo el destino desgraciado del Inca Yahuar Huachar; pues ignoto agorero leyó, en el lunar rojo del príncipe recién nacido, la primera frase de la serie de íntimas desventuras que habrían de ensombrecer tanto la existencia del monarca como la vida del Imperio. Y la historia dice que no se equivocó. Se supone que este Inca murió de consunción y de tristeza, por haber nacido con un signo tan fatal; hecho al que se agregó el desengaño experimentado con la conducción  de su hijo rebelde Inca Ripoc, quien le arrancó su abdicación al trono. Entregados como estaban muchos a la superstición, dieron también en la brujería y los hechizamientos, conociéndose a sus personificadores con el nombre de “laikas”, término que tiene igual significado en aymará: difícil es decir en cuál de esas lenguas debe buscarse el origen verdadero de este vocablo.
    Empero parece evidente que los Incas, a pesar de la grande ignorancia y la cruda incivilización de los siglos en que vivieron, se dieron cuenta razonada de que al ciudadano, ya que no para ser feliz, como que ellos no concibieron la felicidad particular sino para ser útil a la colectividad, le bastaba con poseer pocas y claras ideas sobre el objeto de su actividad diaria y aún con respecto a sus propia vida: ideas que, al ser pocas y claras, le sirviesen a manera de grandes caminos reales, trazados a su incansable actividad siguiendo por los cuales no corriese riesgo de extraviarse en parte alguna, en medio de la intrincada selva de cosas varias que presenta la vida. El conocido maestro de la lengua José María Pereda, sostiene esto mismo en alguna de sus obras notables: tener pocas y claras ideas en la vida: las más necesarias como para poder orientarse con seguridad en cualquier punto de la tierra y a cualquier hora del día, enfrente de ese mundo de ideologías enrevesadas, contradictorias y aún absurdas, a que se ve abocado el hombre algo pensador, máxime el individuo de hoy.
    Efectivamente: el hombre de pocas, pero de claras ideas, está a salvo del peligroso confusionismo no solo de la hora actual, sino del de todos los tiempos. Con la brújula de las ideas sabe dónde está situado, sabe qué es lo que piensa y qué es lo que le compete hacer. Manifiesta inteligencia y voluntad propias, aunque en escala reducida, pero no por eso insegura. Inmensa ventaja, sobre todo si se la toma con relación a nuestro tiempo, casi de suyo anárquico, en que salta a la vista un terrible confusionismo de ideas y de procederes de toda clase de personas y que, caso de no procederse a poner un atajo eficaz, acabará a convertir a cada cerebro en una nueva torre de Babel. Porque, a decir verdad y como enseña la experiencia, se necesita ser una persona bien centrada en la naturaleza real de las cosas para no cejar en la defensa de una opinión que se la reputa buena, o para combatir con tesón una tendencia que se sabe que es positivamente mala. Cuando no hay firmeza de convicciones, tampoco hay firmeza de procederes, que es lo que de continuo reclama la humanidad.