La SI 42 07
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Una Conferencia trampa La SI 18/07/42 p. 6-8
Una Conferencia trampa La SI 25/07/42 p. 9


Una Conferencia trampa
La SI 18/07/42 p. 6-8


    En la capital norteamericana acaba de tener lugar una Conferencia panamericana que ha versado sobre medidas a tomar por los bancos de América ante los hechos de guerra. Y será bueno mostrar cómo los norteamericanos preparan la trampa para cazar incautos, sin parar en sus aspiraciones de acaparar la vida continental
    Ante todo, una aclaración necesaria. Es esta: no iríamos, a causa de ese parar trampas, a formular una condenación de la política tentacular de Estados Unidos. Cuando un pueblo propone a otro pueblo algo que ha de acarrearle perjuicios, y el pueblo perjudicado acepta, siempre hemos entendido que la culpa es de quien acepta y no del que propone la barbaridad de que se trata. En el pedir no hay engaño, suele repetir un adagio popular. Y esta palabra “pedir” puede emplearse en un sentido tan lato, que abarque aún la petición de que un pueblo se sacrifique por otro pueblo. Si el sacrificado acepta, nada hay que decir, fuera de colocarlo en la lista de los tontos.
    Estados Unidos desarrolla, desde hace años ya, una política de penetración en varios sentidos en los demás pueblos americanos. Y hace bien. Si un país accede a lo que se le pide y todavía aplaude ¿qué habría que oponer al derecho de petición del pueblo beneficiado?
    Entendemos, por lo mismo, que Estados Unidos no merece repulsa por cuanto propone a estos pueblos. Porque depende de estos pueblos el aceptarlo o rechazarlo.
    Esta observación hecha, observemos algunos hechos de importancia, antes de entrar en la Conferencia propiamente dicha.

    a) Estados Unidos, al iniciarse la guerra, aseguraba a los pueblos americanos que no debían poner reparos en romper con Europa y aceptar la legalidad del bloqueo, por la sencilla razón de que Estados Unidos les compraría toda la producción, sea cual fuese el producto, cualquiera fuese la cantidad.
    Es seguro que de buena fe hacía el Presidente Roosevelt esta observación, en la seguridad de cumplir. Pero, aún así ¿convenía a los pueblos americanos un solo cliente comprador, que pudiese arruinarlos cuando le diese la gana, y que, además, fuese él el que fijase los precios de compra, por no existir competencia? Además, se imponía inmediatamente la parte reversa de ese inverso: Estados Unidos sería el único proveedor de manufacturas a estos pueblos americanos. Con lo cual estos, no solo no disfrutarían de las manufacturas, de calidad superior (británicas, suizas, belgas y alemanas) sino que habrían de acomodarse sin discusión a los precios que señalasen los productores norteamericanos.
    Inmediatamente tenía lugar la realización de esas consecuencias. Mientras Estados Unidos compraba los productos americanos a precios excesivamente bajos, ellos enviaban sus manufacturas a los mismos pueblos a precios excesivamente altos, pidiendo –exigiendo- para numerosas manufacturas precios dobles a los exigidos por los fabricantes británicos y alemanes.
    Más, pronto había de aparecer otro factor en esa lucha por la hegemonía económica de América, que era –que sigue siendo- la finalidad capital de esta guerra, después de la desocupación. Alemania e Italia sembraban de submarinos las costas atlánticas, y el mar se convertía en cementerio de buques aliados, especialmente de buques norteamericanos. Y fue entonces cuando Estados Unidos, atento solamente a sus intereses exclusivos, suspendía la casi totalidad de buques que hacían el servicio a Sud América.
    Con ello los productos americanos, que el bloqueo aceptado (¡) no permitía llevar a Europa, tampoco podían ser llevados a Norte América, por falta de tonelaje. No cupo otro remedio a estos países que procurarse, de una u otra manera, tonelaje para transportar por sus propios medios las mercaderías y minerales que necesitaban.
    Esa organización de buques por los Gobiernos americanos iba contra los planes de Estados Unidos, cuyos grandes acaparadores han manifestado en varias ocasiones la intención de comprar toda la producción sudamericana invendible –por tanto, a bajos precios- ellos necesitan negocio. Y para esa laya de negocios, los franceses –que conocen bien el espíritu de rapiña de sus grandes pulpos-inventaban una palabra ya mundializada: “Affaire”. Esos mammuts de la Wall Street necesitan que el producto sudamericano quede invendible, por esto